jueves, 18 de julio de 2013

Olvido o despiste

Quién no ha tenido en alguna ocasión un olvido; como dice la Voz historias reales de nuestra vida, de las cosas que nos suceden y que vistas con la tranquilidad de lo ya pasado nos hace sonreír.

Relato leído por José Francisco Díaz Salado en su programa La Voz Silenciosa y que quiero compartir.


miércoles, 3 de julio de 2013

Siempre estará ahí


Paseaba sosegadamente por aquel paraje que permanecía aislado del escándalo, griterío y bullicio de la gente cuando se dio cuenta que el día ya comenzaba a dar sus últimos coletazos. Se sentó en un banco de aquél tranquilo lugar, observando la belleza que el cielo le estaba brindando, mientras que lentamente iba consumiendo su último cigarrillo.






Contemplaba la luna en el tiempo que llegaban a su memoria algunas de las misteriosas historias que, de pequeña, escuchaba sobre el hombre que empuñaba un hacha y habitaba en ella; en su rostro se dibuja una pequeña sonrisa al evocar esas leyendas y se volvía a preguntar, igual que cuando era niña, si en realidad serían ciertas.




El lugar permanecía deshabitado y la noche ya estaba encima así que no dudó en marcharse pues no quería que la oscuridad le sobreviniera en un lugar tan apartado; aquella serenidad le había embelesado de tal manera que las horas se le habían pasado en un tris tras. 








Retornó sobre sus pasos pasando por las mismas calles, ahora desiertas, que horas antes estaban repletas de niños jugando y correteando de un lugar a otro, amigos reunidos en las puertas de las casas charlando, seguramente, de las faenas realizadas durante todo el día y que en ese instante permanecían llenas de silencio. Sin duda, aquella no era la primera vez que había pasado por allí, no obstante, en cada ocasión que lo hacía no dejaba de sorprenderle a la vez que descubría algo nuevo.









En su itinerario de vuelta descubrió otra percepción de ese lugar que parecía fantasmagórico y le estaba seduciendo cuando, de repente, se topó con una visión que la dejó sorprendida al mismo tiempo que le hizo imaginar mil y una historias. Una vez más en su rostro se percibió una leve sonrisa. Ya era tardísimo por lo que no dudó ni un solo segundo en aligerar el paso para dirigirse hacía su casa.








No demoró demasiado su llegada y, nada más entrar, se refrescó bajo la ducha preparándose después algo para comer pues el calor que hacia lo veía suficiente como para presagiar que la noche seria larga y agitada.



Deambulaba de un lado a otro de la casa ya que no lograba conciliar el sueño debido al bochorno; decidió asomarse al balcón para ver si la noche le ofrecía su frescor aunque el resultado fue negativo, aún así, quedó admirada por tan brillante luna. Era como una bola de fuego que con sus chispas llenaba el cielo de estrellas por lo que no conseguía dejar de observar tan grandioso espectáculo.




Deseaba contarlas pero eran tantas que su vista no lograba abarcarlas todas, aún así, de entre esa multitud había una que le llamó especialmente la atención por su brillantez y fue en ese instante cuando se volvió a repetir una sonrisa, en ésta ocasión, junto a una lagrima que comenzaba a brotar de sus ojos al recordar aquella conversación mantenida hacía muchos años con un ser querido:

"Un día, cualquier día cuando yo no esté piensa en mi, recuerdame desde lo más profundo de tu corazón; ese día en el momento que más me necesites mira hacía el cielo y en ese instante, estará repleto de estrellas y mientras lo contemplas, podrás advertir como habrá una que resplandezca más, resaltará sobre las demás y, ese, ese seré yo.

Siempre estaré ahí en lo más alto esperando para cuando necesites hablar conmigo y entonces bajaré a tu lado; porque sé que aquí tendrás quien te acompañe, escucharan tus alegrías... sin embargo, siempre que te encuentres sola y lo desees búscame porque allí estaré yo para escucharte, eternamente, sin fallar en ningún momento".

Y ese día allí estaba centelleando, chispeante, y habló con ella igual que tantas y tantas veces había hecho, en su interior sentía que mantenía esa conversación extensa haciéndole sentir la tranquilidad que por un momento necesitaba.

Con los ojos cerrados alzó sus brazos en cruz como si quisiera echar a volar y notó como el viento soplaba suavemente rozando su piel advirtiendo, en ese preciso instante, como si le estuviera dando un abrazo. Una tímida lágrima apareció de repente recorriendo sus mejillas depositándose en sus labios.

El vello se le erizó sintiendo un cosquilleo en su pelo y al abrir sus ojos le pareció ver como las estrellas se habían agrupado formando el gesto de una enorme sonrisa originando otra en ella.


Y pensó: "nunca cambiarás". Y le resurgió en su memoria aquellas noches de verano en las que sentados en cualquier banco de un solitario parque, ahora abandonado por el tiempo, pasaban las horas hablando sosegadamente mientras fumaban un cigarro entretanto reían o, en el momento que ella se encontraba triste sin más agarraba un palo para dibujar en la arena una enorme cara con una gran sonrisa con la que lograba arrancarle una gran risotada, cuando juntos lloraban... y contaban  algunos de sus sueños. Sueños lejanos e inalcanzables.  Deseos que aún con el paso de los años, aunque algunos de ellos diferentes, continuaba teniendo y es que, como siempre le decía: "eres una soñadora sin remedio". Y con la imagen del inmenso cielo estrellado y aquella visión que recién había tenido, lentamente se fue adormeciendo entrando en un profundo sueño en el que se dejó, una vez más, llevar por la fantasía.