La historia que voy a narrar podría ser ficticia pero no, no lo es, es
real. Puede ser una experiencia que puede haber vivido tu hermana, tu amiga, tu hija, tu
prima, tu madre…, e incluso, sin embargo, una experiencia que podría vivir yo. Una historia que me transmitieron y que yo quise plasmar.
Yo era una mujer muy feliz a la que le gustaba salir y
divertirme, siempre con una sonrisa en mi rostro y muy dicharachera. Un día, no
viene al caso como fue, conocí a un hombre maravilloso, era perfecto para mí.
Juntos éramos muy felices, hasta el punto de irnos a vivir juntos para
compartir el resto de nuestras vidas. En ese tiempo tuve dos embarazos fallidos
pero, aún así, nada cambió entre nosotros y continuábamos siendo felices; en
ese momento cumbre de nuestra felicidad me pidió casarnos, en un principio,
dudé pero finalmente no pude resistirme a ello y nos casamos.
El primer año fue el más bonito que pasé junto a él pues todo
eran mimos, atenciones y cariños hacia mí. Pero no sé qué fue lo que
desencadenó, justo al año de casados, el martirio en el que mi matrimonio se
convirtió. Discutíamos por nada, simples tonterías sin importancia las cuales
parecían que iban a ser el fin del mundo. No olvidaré que en una de esas
discusiones y estando su hija con nosotros en el piso, por respeto a ella me
retiré al dormitorio y él, me siguió. Sin mediar palabra comenzó a darme golpes
que yo sentía en todo el cuerpo y en la cara, intentaba protegerme con mis
manos pero no lo conseguía ya que, en ese
momento, parecía un loco, nunca lo había visto así. En medio de todos esos
golpes sólo atinaba a decirle “no, no, tú no, tú no, por favor déjame, tu hija”
pero él siguió hasta que se cansó dejándome en la habitación con la cara amoratada
por los golpe y una costilla rota. Me quedé allí, tumbada en la cama llena de
dolor físico y mental. Había pasado poco tiempo cuando escuché su voz que me
llamaba para que fuese al salón, allí estaba con su hija y se dirigió a ella
mientras me miraba “ves, esto no se hace pero es que ella me ha provocado y me
ha sacado de mis casillas”.
Días después, recuerdo que era domingo, estaba tumbada en el
sofá viendo la televisión mientras él montaba a caballo con su hija, al llegar
ambos, empezamos a discutir y como siempre el
motivo era económico, como de costumbre llegaba con unas copas de más
por lo que comenzó a pegarme hasta que quedó agotado. Todo mi cuerpo parecía un
mapa de los moratones sin apenas poder moverme. Una vez más me pidió perdón y otra
vez volví a perdonarlo, lo quería y estaba muy enamorada de él.
Tras esa paliza llamaron a mi puerta y mi sorpresa fue que al
abrir, con mil esfuerzos hasta que llegué a la puerta por el dolor que tenía en
el cuerpo, eran los municipales. Me comentaron que un vecino había llamado al
escuchar lo que parecía una paliza en mi domicilio a una mujer, es decir, a mí.
Lo negué. Les comenté que no era totalmente cierto pues sólo habíamos discutido,
uno de ellos se dirigió a mí y me dijo “señora estoy casado y discuto con mi
mujer pero no la tiro contra el sofá, tiene que denunciar” no podía hacerlo, no
quería que se lo llevaran, antes de irse se volvió hacia mí y me dijo “usted
sabrá lo que hace señora, pero así no se puede solucionar nada” y se marcharon.
No pasó mucho tiempo
cuando una noche que él estaba fuera con sus amigos, al volver a casa
acompañado de su hija comenzó a insultarme pero en esa ocasión no me pude
callar, diciéndole todo lo que pensaba mientras me dirigía al dormitorio para
preparar mi maleta, me cansé de las palizas. Antes de marcharme recibí mi
última paliza y mientras lo hacía me decía que todo era por mi culpa que yo no
lo provocara.
Tuve suerte después de todo, salí con vida de allí. Por ello
todos los que estáis sufriendo en este momento algo parecido, no lo dudéis,
denunciad.