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martes, 3 de abril de 2012

A pie de paso

Llega Semana Santa y con ella multitud de recuerdos. Aparece de repente en mi cabeza un breve instante vivido, hace quizá 22 ó 23 años, y que después de revivir se desvanece de igual modo que surgió:  Al son de un tambor la madrugada de viernes santo subido en el balcón del Ayuntamiento, entre lágrimas, cantó: "Por allí viene San Juan con el dedo señalando, va en busca de su Maestro que lo están crucificando"... vagamente recuerdo esa letra que, por otro lado, no sé si será correcta; las lágrimas invadieron su rostro mientras intentaba, entre sollozos, finalizar aquella saeta.

Bajo el manto de estrellas que cubría la fría plaza repleta de gente me hallaba sorprendida escuchándolo cantar y, a pesar de su melopea, me emocionó aquella voz lejana, entrecortada...; nunca lo volví a escuchar cantar una saeta llego e incluso a creer que aquella fue la primera y última vez que entonó una.


Juanito Mariano y Paco.  Foto de la Web
de la Cofradía de Cristo. Año 2006
Si por algo me gusta la Semana Santa es por, como comenté en una entrada anterior, el retumbar de cornetas y tambores y, además, los dúos a pie de paso; el eco de las cornetas sigue llenando las calles al igual que el cantar de una buena saeta, sin embargo, echo en falta aquellas voces que tantas veces llegaron a emocionarme. Entre ellas la de una persona que vivía de un modo particular su Semana Santa; por los años que estuve presente en cada procesión lo he visto cantar en multitud de ocasiones y, bien es cierto que, por su modo de sentirla y vivirla tan exclusiva me ha llegado a emocionar.





Viernes Santo por la mañana.  Foto de la web de la Cofradía
de Cristo. Año 2006






En estos días tan cercanos a las procesiones me invade la memoria, entre otros, recuerdos sobre marchas de la banda, saetas y cómo no los dúos a pie de paso.











Jesús en un dúo. Año 2009.



Ahora de igual forma me emociona escuchar las nuevas promesas de este arte más aún, si cabe, oír al que para mi continúa siendo un niño; escuchar un dúo a pie de paso o una saeta cantada por él hace que, como la primera vez que lo sentí, se me ponga el vello de punta y, porqué negar lo evidente, haga que de mis ojos brote alguna lágrima de emoción por ello.




domingo, 17 de abril de 2011

Mi Banda

La Semana Santa siempre ha sido para mí una fiesta muy especial, junto a las Fiestas de Primavera en mayo. La he vivido muy intensamente, la he disfrutado minuto a minuto, segundo a segundo, todo lo vivido en ella lo sentía con una ilusión enorme; era quizás de manera diferente a como la viven otras muchas personas, yo no estaba pendiente de los Pasos, jamás he pertenecido a ninguna cofradía, eso era una cosa que nunca me había llamado la atención.

Desde muy pequeña me había gustado la Banda de Cornetas y Tambores, me encantaba verlos ensayar en el Castillo, en el paseo la Llana’, yo me uní a ellos cuando ensayaban en la antigua Caseta Municipal, recinto por aquellos entonces realizado de obra, recuerdo que comencé con un tambor.

De ahí nos trasladamos para los ensayos al antiguo campo de fútbol, no se me olvidará cuando decidí cambiar de instrumento, una corneta, ¡no me costó trabajo dar sonido a la misma! Con decir, aunque quede feo, que primero me tuvieron que enseñar a ‘escupir’, toda una tarde haciendo lo mismo, la boca totalmente seca ya, ¡que horror!. Casi me vengo abajo y desisto para volver con mi tambor, que aunque me salían vejigas en las manos de las baquetas al menos los labios no se hinchaban, pero menos mal que fui persistente y conseguí lo que me propuse, llegar a tocar no sólo una corneta fija sino una de llave.

Quién me iba a decir a mí que terminaría dirigiendo aquella Banda años má tarde, que sobre mí pesaría la carga de organizar todo, hablar con gente, acordar precios, comprar materiales… si yo tan sólo tenía dieciséis o diecisiete años poco más o menos, aunque por supuesto siempre contaba con la ayuda de alguien.

No sólo era la fiesta en sí de la Semana Santa lo que me gustaba, sino todo lo que conllevaba estar preparándola, los meses previos de organización para la misma. Dos meses antes poco más o menos, daban comienzo los preparativos, eran muchas cosas las que había que hacer y poco el tiempo que teníamos para realizarlas todas. La Banda tenía que estar preparada así que había que comenzar a planificar todo.

Disponer los horarios de ensayos, no a todo el mundo le venía bien las mismas horas, eso al principio no era importante pero conforme la fecha se iba acercando, todos teníamos que estar, también había que hablar con las cofradías para tratar el tema del dinero, al igual que con el Ayuntamiento, con lo que ganábamos en Semana Santa nos comprábamos los materiales que había que reponer y, si nos sobraba algo (rara vez pasaba eso), adquiríamos algún instrumento nuevo para ampliar la banda (una corneta de llave costaba un pastón). Siempre eran viajes para comprar parches, baquetas, boquillas… en esos meses raro era el día que no había que ir a Linares, pero se hacía con tanta ilusión que nada de eso importaba, ni el frío en los ensayos, ni los viajes, ni el tiempo dedicado para hablar con unos y otros, aún invirtiendo horas y horas sin pedir nada a cambio, desinteresadamente.

Los nervios se iban acrecentando conforme la fecha se iba acercando, los ensayos entonces se iban alargando, unas veces en el campo de fútbol y otras en el colegio, pero todos estos nervios, las horas de ensayos, el tiempo dedicado a todo y cada uno de los quehaceres estaba totalmente pagado cuando llegaba el día de salir a tocar por las calles de nuestro Baños.

Todo sobre la cama para la última revisión: uniforme completo, camisa perfectamente planchada, falda, manguitos, cordón, corbata (nos dio por ponernos corbata en el último año), boina (que coraje siempre con ella, había que llevarla bien puesta, nosotras siempre queríamos hacia atrás, pero no podía ser, aunque de vez en cuando se nos iba), escudos, corneta de llave limpia y reluciente (horas de trabajo limpiándola con un algodón, un trapo y el sidol, ¡que dejaba un olor en las manos!), zapatos cómodos, todo preparado y listo.



Cruz de la Azucenas a las siete menos cuarto de la tarde, últimos retoques de todo, ya no hay marcha atrás; redobles de tambores, golpes de bombo, toque de cornetas ( alguna pitorrada que otra en el último momento), toque de llamada y todos a sus puestos; con el cornetín se da la entrada a la marcha rápida, se hace señal de lo que será la primera canción, los redobles de tambores, bombos, el sonido de las cornetas, el sonido de la mía propia hacia que el vello se me pusiera de punta, un escalofrío por la alegría invadía mi cuerpo.

Entonces era el momento en que con paso ligero tomábamos rumbo a la plaza, esa sensación, al entrar, de que todos los allí presentes estaban pendientes de nosotros me daba miedo pero a la vez me gustaba y me sentía orgullosa de dar a conocer el trabajo realizado por todos con tantas horas de ensayo (aunque hay que reconocer que en algunos momentos tocábamos un poco mal). Todos ya preparados para tocar los Himnos que daban la salida de los Santos y el comienzo de las procesiones.

Una vez todos los Santos fuera, comenzábamos con la marcha lenta para recorrer una a una las calles; no, no era una banda normal la nuestra, como esas que salen en televisión todos bien formales y con caras serias, la nuestra era especial, filas desordenadas, comíamos, algún que otro cigarro… pero esa era nuestra banda, mí banda, un desastre en las formas algunas veces pero querida por mucha gente, como tiempo después demostraron.

Viernes Santo de madrugada, esa era quizás la procesión más temida, a las cinco de la madrugada en la Cruz de las Azucenas, como era de suponer a esa hora pocos estaban allí, antes ya habíamos quedado algunos en el pub de Tatín para irnos juntos y tras pegar el último trago a la cerveza fresquita y apurar el cigarro, salíamos corriendo para reunirnos con todos. ¡Madre mía que desastre! Al subir el carril arriba había cuatro gatos, pero… ¡por amor de Dios! ¿Dónde está la gente? ¡Esto no puede ser!... ¡Pero si no hay ni media banda!, ¡mira que todos los años igual! Poco a poco la gente iba llegando, ¡con unas caras de sueño! ¡Que nervios! Estando ya la mayoría de los componentes incorporados se volvía a formar la fila, toque de salida con marcha rápida, el repique de tambores y cornetas se hacía escuchar en medio del silencio del que a esa hora parecía ser un pueblo fantasma, sólo se veía algún que otro penitente que iba a los Pregones.

Nosotros íbamos en busca de los rezagados que se habían quedado dormidos, así que sin pensarlo nos presentábamos frente a sus casas hasta que salía corriendo y se unía a nosotros. Trabajo nos costaba y algún que otro regaño de algún vecino.

La procesión más emocionante para mí sea quizás el ‘Abrazo’, más aún el último año. Nosotros subíamos por la calle Amargura, anunciando la llegada del Resucitado, toda la gente, agolpada en el ‘Carril’ esperando, se apartaba para que pasáramos, en ese último año a más de uno se nos saltaron las lágrimas y lloramos cuando nos dieron unos aplausos que nosotros sabíamos que eran de apoyo, y a la vez percibimos que esa era nuestra última aparición, lo comprendimos y sin decirnos nada ninguno, lo decidimos, gracias a lo que la noche anterior a mí me había ocurrido y a los acontecimientos desarrollados unas horas antes de estar ahí en ese momento mágico para nosotros. Yo creo que nuestra última actuación fue la mejor de todas, porque todos tocamos con más ilusión de lo que jamás lo habíamos hecho, pero también fue el más duro de todos. Ahora cuando veo la magnífica Banda de Cornetas y Tambores que tiene Cristo, me da mucha alegría, y cada vez que los escucho ensayar el vello se me eriza, y cuando los veo pasar en las procesiones por mi lado, siempre se me escapa una lágrima de emoción al escucharlos, reconozco que voy a las procesiones por ver la Banda.

Hemos tocado en Cazorla, Guarromán… todos muy jóvenes, sin apenas recursos y con la mínima ayuda, pero con mucha ilusión de hacerlo en todas las fiestas de nuestro Baños. Ahora echo de menos las Dianas Floreadas de la Fiesta de la Primavera, del Emigrante… los madrugones o los días que he tocado sin ni siquiera llegar acostarme, los nervios pasados en los últimos ensayos, los pasados horas antes de salir a hacer un recorrido, los preparativos del uniforme, instrumento… el recorrido que hacíamos, la gente que nos paraba para que tocáramos en su puerta y nos sacaba unas galletas y el anís o un botijo de agua… esa Banda ya no volverá, una pena que terminará así.