sábado, 23 de abril de 2011

Amistad

Amigo es aquel que está aunque jamás lo veas, te escucha cuando más lo precisas aun sin que tú se lo requieras, te ampara en los malos momentos y te acompaña en los buenos. Entiende que le dices aun cuando no sepas manifestarte, procurando siempre protegerte de cualquier malignidad. Se alegra con tus dichas y se angustia con tus penas. Te recuerda en instantes del día aun cuando no estás presente. Reconoce tus defectos y los sabe perdonar. Te anima a persistir cuando tú decides abandonar. El amigo lo puedes localizar en el momento más repentino pudiendo ser aquél que menos imaginarás, hay que saber preservarlo y ofrecerle a él lo que él te da a ti, eso a veces es complicado, pero cuando contemplas que te brinda su amistad se transforma en lo más factible del mundo. Las cosas se emprenden de corazón, nunca se exigen, y un amigo las realiza así. Un amigo no es el que te pregunta cómo estás por el sencillo hecho de saberlo, sino el que aun cuando no te lo pregunte directamente reconoces que se está preocupando. Un amigo te hace llorar igual que reír y no por eso deja de ser amigo.

El amigo ni viene ni lo buscas, eso ocurre según lo mires, un amigo puede llegar en cualquier momento sin que lo hayas buscado, en cualquier lugar sin que supieras que siempre ha estado ahí, sin conocerlo o sin percatar en él nunca, pero un día sin saber cómo ni porqué lo has encontrado, lo has buscado, ha surgido… llamarlo como quieras pero al fin y al cabo está. Conocidos todos tenemos pero amigos se pueden contar con los dedos de una mano, cuando hay alguien en que puedes confiar todo, el uno en el otro, sabiendo que no te traicionara, ni tu a él, ese es un amigo de verdad. Cuesta hacer un amigo pero cuando lo haces siempre serán merecedores de la palabra amigo. Y aunque a veces sientas que lo estás perdiendo, cualquier palabra, gesto, sonrisa... basta para saber que siempre lo tendrás a tu lado. Al fin y al cabo la amistad es: el afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato y con el tiempo.


miércoles, 20 de abril de 2011

Ansia de vivir

“Padre… qué difícil ha de ser para ti luchar día a día para dar el ejemplo…” Aunque no lo parezca son duras palabras de una hija a su padre. Sencillas pero colmadas de dolor y tristeza. La vida en ocasiones nos transita por dificultosos aprietos; un combate diario, en ocasiones, enrevesado. Sin embargo el ansia de vivir nos hace persistir en él, día tras día; no obstante, se advierte como la fortaleza, poco a poco, se va malogrando y la luz se va extinguiendo. Hasta que en un breve instante el destello deje de alumbrarnos.

“Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia delante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”. De Agatha Christie.

domingo, 17 de abril de 2011

Mi Banda

La Semana Santa siempre ha sido para mí una fiesta muy especial, junto a las Fiestas de Primavera en mayo. La he vivido muy intensamente, la he disfrutado minuto a minuto, segundo a segundo, todo lo vivido en ella lo sentía con una ilusión enorme; era quizás de manera diferente a como la viven otras muchas personas, yo no estaba pendiente de los Pasos, jamás he pertenecido a ninguna cofradía, eso era una cosa que nunca me había llamado la atención.

Desde muy pequeña me había gustado la Banda de Cornetas y Tambores, me encantaba verlos ensayar en el Castillo, en el paseo la Llana’, yo me uní a ellos cuando ensayaban en la antigua Caseta Municipal, recinto por aquellos entonces realizado de obra, recuerdo que comencé con un tambor.

De ahí nos trasladamos para los ensayos al antiguo campo de fútbol, no se me olvidará cuando decidí cambiar de instrumento, una corneta, ¡no me costó trabajo dar sonido a la misma! Con decir, aunque quede feo, que primero me tuvieron que enseñar a ‘escupir’, toda una tarde haciendo lo mismo, la boca totalmente seca ya, ¡que horror!. Casi me vengo abajo y desisto para volver con mi tambor, que aunque me salían vejigas en las manos de las baquetas al menos los labios no se hinchaban, pero menos mal que fui persistente y conseguí lo que me propuse, llegar a tocar no sólo una corneta fija sino una de llave.

Quién me iba a decir a mí que terminaría dirigiendo aquella Banda años má tarde, que sobre mí pesaría la carga de organizar todo, hablar con gente, acordar precios, comprar materiales… si yo tan sólo tenía dieciséis o diecisiete años poco más o menos, aunque por supuesto siempre contaba con la ayuda de alguien.

No sólo era la fiesta en sí de la Semana Santa lo que me gustaba, sino todo lo que conllevaba estar preparándola, los meses previos de organización para la misma. Dos meses antes poco más o menos, daban comienzo los preparativos, eran muchas cosas las que había que hacer y poco el tiempo que teníamos para realizarlas todas. La Banda tenía que estar preparada así que había que comenzar a planificar todo.

Disponer los horarios de ensayos, no a todo el mundo le venía bien las mismas horas, eso al principio no era importante pero conforme la fecha se iba acercando, todos teníamos que estar, también había que hablar con las cofradías para tratar el tema del dinero, al igual que con el Ayuntamiento, con lo que ganábamos en Semana Santa nos comprábamos los materiales que había que reponer y, si nos sobraba algo (rara vez pasaba eso), adquiríamos algún instrumento nuevo para ampliar la banda (una corneta de llave costaba un pastón). Siempre eran viajes para comprar parches, baquetas, boquillas… en esos meses raro era el día que no había que ir a Linares, pero se hacía con tanta ilusión que nada de eso importaba, ni el frío en los ensayos, ni los viajes, ni el tiempo dedicado para hablar con unos y otros, aún invirtiendo horas y horas sin pedir nada a cambio, desinteresadamente.

Los nervios se iban acrecentando conforme la fecha se iba acercando, los ensayos entonces se iban alargando, unas veces en el campo de fútbol y otras en el colegio, pero todos estos nervios, las horas de ensayos, el tiempo dedicado a todo y cada uno de los quehaceres estaba totalmente pagado cuando llegaba el día de salir a tocar por las calles de nuestro Baños.

Todo sobre la cama para la última revisión: uniforme completo, camisa perfectamente planchada, falda, manguitos, cordón, corbata (nos dio por ponernos corbata en el último año), boina (que coraje siempre con ella, había que llevarla bien puesta, nosotras siempre queríamos hacia atrás, pero no podía ser, aunque de vez en cuando se nos iba), escudos, corneta de llave limpia y reluciente (horas de trabajo limpiándola con un algodón, un trapo y el sidol, ¡que dejaba un olor en las manos!), zapatos cómodos, todo preparado y listo.



Cruz de la Azucenas a las siete menos cuarto de la tarde, últimos retoques de todo, ya no hay marcha atrás; redobles de tambores, golpes de bombo, toque de cornetas ( alguna pitorrada que otra en el último momento), toque de llamada y todos a sus puestos; con el cornetín se da la entrada a la marcha rápida, se hace señal de lo que será la primera canción, los redobles de tambores, bombos, el sonido de las cornetas, el sonido de la mía propia hacia que el vello se me pusiera de punta, un escalofrío por la alegría invadía mi cuerpo.

Entonces era el momento en que con paso ligero tomábamos rumbo a la plaza, esa sensación, al entrar, de que todos los allí presentes estaban pendientes de nosotros me daba miedo pero a la vez me gustaba y me sentía orgullosa de dar a conocer el trabajo realizado por todos con tantas horas de ensayo (aunque hay que reconocer que en algunos momentos tocábamos un poco mal). Todos ya preparados para tocar los Himnos que daban la salida de los Santos y el comienzo de las procesiones.

Una vez todos los Santos fuera, comenzábamos con la marcha lenta para recorrer una a una las calles; no, no era una banda normal la nuestra, como esas que salen en televisión todos bien formales y con caras serias, la nuestra era especial, filas desordenadas, comíamos, algún que otro cigarro… pero esa era nuestra banda, mí banda, un desastre en las formas algunas veces pero querida por mucha gente, como tiempo después demostraron.

Viernes Santo de madrugada, esa era quizás la procesión más temida, a las cinco de la madrugada en la Cruz de las Azucenas, como era de suponer a esa hora pocos estaban allí, antes ya habíamos quedado algunos en el pub de Tatín para irnos juntos y tras pegar el último trago a la cerveza fresquita y apurar el cigarro, salíamos corriendo para reunirnos con todos. ¡Madre mía que desastre! Al subir el carril arriba había cuatro gatos, pero… ¡por amor de Dios! ¿Dónde está la gente? ¡Esto no puede ser!... ¡Pero si no hay ni media banda!, ¡mira que todos los años igual! Poco a poco la gente iba llegando, ¡con unas caras de sueño! ¡Que nervios! Estando ya la mayoría de los componentes incorporados se volvía a formar la fila, toque de salida con marcha rápida, el repique de tambores y cornetas se hacía escuchar en medio del silencio del que a esa hora parecía ser un pueblo fantasma, sólo se veía algún que otro penitente que iba a los Pregones.

Nosotros íbamos en busca de los rezagados que se habían quedado dormidos, así que sin pensarlo nos presentábamos frente a sus casas hasta que salía corriendo y se unía a nosotros. Trabajo nos costaba y algún que otro regaño de algún vecino.

La procesión más emocionante para mí sea quizás el ‘Abrazo’, más aún el último año. Nosotros subíamos por la calle Amargura, anunciando la llegada del Resucitado, toda la gente, agolpada en el ‘Carril’ esperando, se apartaba para que pasáramos, en ese último año a más de uno se nos saltaron las lágrimas y lloramos cuando nos dieron unos aplausos que nosotros sabíamos que eran de apoyo, y a la vez percibimos que esa era nuestra última aparición, lo comprendimos y sin decirnos nada ninguno, lo decidimos, gracias a lo que la noche anterior a mí me había ocurrido y a los acontecimientos desarrollados unas horas antes de estar ahí en ese momento mágico para nosotros. Yo creo que nuestra última actuación fue la mejor de todas, porque todos tocamos con más ilusión de lo que jamás lo habíamos hecho, pero también fue el más duro de todos. Ahora cuando veo la magnífica Banda de Cornetas y Tambores que tiene Cristo, me da mucha alegría, y cada vez que los escucho ensayar el vello se me eriza, y cuando los veo pasar en las procesiones por mi lado, siempre se me escapa una lágrima de emoción al escucharlos, reconozco que voy a las procesiones por ver la Banda.

Hemos tocado en Cazorla, Guarromán… todos muy jóvenes, sin apenas recursos y con la mínima ayuda, pero con mucha ilusión de hacerlo en todas las fiestas de nuestro Baños. Ahora echo de menos las Dianas Floreadas de la Fiesta de la Primavera, del Emigrante… los madrugones o los días que he tocado sin ni siquiera llegar acostarme, los nervios pasados en los últimos ensayos, los pasados horas antes de salir a hacer un recorrido, los preparativos del uniforme, instrumento… el recorrido que hacíamos, la gente que nos paraba para que tocáramos en su puerta y nos sacaba unas galletas y el anís o un botijo de agua… esa Banda ya no volverá, una pena que terminará así.

martes, 12 de abril de 2011

El último viaje

Dormía placidamente cuando de pronto de mí salió un suspiro, quizá el último; una bocanada de aire agotado salió de mi cuerpo, igual que si estuviera siendo expulsada de un vacío e insondable pozo, un sentimiento de abismal placer invadió mi débil cuerpo dejándolo reposar y cayendo en un dulce y penetrante sueño.

Transcurrió un reducido espacio de tiempo cuando de pronto me estaba viendo vestida de un modo extraño, para el día en que estábamos estoy muy bien arreglada, pensé yo, pero agotada, volví a caer en el mismo intenso sueño, nada me podría despertar, estaba totalmente relajada, no obstante escuchaba voces lejanas: hablar y algún lamento.

De un momento a otro, sin que ni siquiera me diera cuenta, alguien a quien conocía me extendió su mano para que yo la tomara, la agarre y me ayudo a levantarme; sorprendida por verle le pregunté: ¿qué haces aquí? Y él con una agradable voz me dijo: calla y ven conmigo, tienes que acompañarme; sin hacer más preguntas ni reproche alguno lo seguí.

En ese preciso momento, al darle la mano y levantarme, me vi a mí misma tumbada, dormida, pero esto no me sorprendió, estaba muy tranquila, en ese mismo instante pensé que era uno de tantos y tantos sueños en los que yo salía de mi propia cama, de mi cuerpo, en cualquier noche, para caminar por Baños, pasear por playas, lugares desconocidos para mi…. pero … este sueño y este viaje parecían ser diferentes, no salía de aquella casa.

En escaso tiempo comenzó a llegar gente, la casa se estaba saturando y yo me preguntaba por qué estaba tan concurrido aquel hogar en el que nunca se habían recibido tantas visitas, algunas desconocidas para mí, llegué a pensar en algún momento en que alguien había fallecido, pero era algo curioso porque todos estábamos allí, no faltaba nadie. Al momento dos señoras llegaron y se acomodaron, ni me vieron porque casi se sientan sobre mí, me tuve que levantar rápidamente, qué desagradables, ni se disculparon en ningún momento conmigo.

La gente hablaba y hablaba sin cesar, yo las escuchaba pero en ningún momento se dirigían a mí, como si yo no existiera, de algún modo me alegraba, porque a pesar de ser mujer de conversación, los temas allí expuestos en ese instante no eran mucho de mí agrado. Una señora muy simpática le explicaba a su acompañante casi toda su vida, y ésta parecía muy interesada en la conversación; a mí el vello se me ponía de punta de tan solo escucharlas, tan entendidas ellas en todos los temas.

Un velatorio, porque era ahí donde yo estaba; me di cuenta al ver unas coronas grandes de flores junto a una caja, con una dedicatoria en una de ellas que decía: ‘tus amigos no te olvidan’, en un velatorio se dan conversaciones muy variadas y salen entendidos de todos los trabajos.

Una señora le comentaba a otra el momento en que le dijo al anestesista como le tenía que inyectar la propia anestesia, pues ella la quería general y él prefirió la epidural, ¡ay que ver con el anestesista! pensé yo, sabrá la señora más que él. Ya cansada de escucharlas me fui retirando hacia el salón colindante, había diferentes corros de personas, cada uno hablaba de cosas diferentes, algunos sostenían sobre sus manos una taza de café humeante.

La casa se estaba impregnando de ese dulce aroma, y aunque no me gusta el café en ese segundo me estaba apeteciendo uno, el olor a él me encantaba, a cada minuto yo sentía más frío, me estaba quedando helada, mi cuerpo parecía que por momentos se estaba poniendo rígido y me apetecía tomar algo calentito.

Salimos a la calle y había igualmente mucha gente, casi todos sostenían en sus manos un cigarro, a mí me apeteció fumarme uno pero no llevaba, y aunque les pedí a algunos tabaco, a nadie parecía importarle mi presencia porque en ningún momento me miraron y mucho menos para ofrecerme un cigarro, pasaba inadvertida para todo el mundo.

Mi cuerpo cada vez se sentía más cansado, agotado; el frío que sentía cada vez se hacía más intenso, la rigidez cada vez se hacía más latente y volví a entrar una vez más en casa, la gente seguía y seguía charlando, cada uno con su tema y yo parecía ser invisible ante ellos. Cada vez mi curiosidad se agrandaba más por saber quien ocupaba aquella caja, pero a mí no me gusta ver un difunto por lo que no entré a la habitación.

¡Ya es la hora! dijo alguien que entró, al asomarme vi un coche fúnebre, cada vez había más afluencia en la calle, en ese momento introdujeron la caja en el coche y colocaron las coronas, con paso lento lo dirigieron hasta la esquina de los molinos, yo lo seguí igual que todo el mundo, con la mirada perdida y cansada, cada vez estaba más helada, mis manos casi moradas del frío temblaban, esa rigidez no la entendía, lo miré a él y me miró, entonces me dijo: no te preocupes eso es normal, aún no estás acostumbrada, yo le pregunté: ¿Acostumbrada a qué? ¿Qué es lo que ocurre? Todo esto no es normal, tú no deberías estar aquí... ¿o sí? Este frío que yo tengo nunca lo sentí tan intensamente, ¿Por qué todo el mundo me ignora? ¿Quién va en ese coche?, él me miro y asintió con la cabeza, en ese momento una lágrima quemaba mis mejillas, no quería entender lo que quizá iba a ser mí último viaje o mi último sueño.

Le dije que ya quería despertar pero no me hizo caso y me dijo: nadie te ha dicho que esto sea un sueño, ya lo entenderás; seguimos el camino hasta el cementerio, antes de introducir la caja en la tierra, la abrieron y mi curiosidad hizo que yo me asomara para ver quién ocupaba la misma.

No, no podía ser, era una chica y se parecía a mí, pero mi asombro era tal que no quería reconocerme, no quería aceptar que era yo, aún tenía muchos sueños que cumplir, muchos viajes que realizar, mucha vida que vivir… estaba totalmente pálida, parecía feliz en ese abismal sueño porque tenía una leve sonrisa en los labios, quería salir huyendo de aquél lugar pero él me sujeto y me dijo: hasta aquí llega tu cuerpo, aquí termina tu viaje, ahora le toca vivir a tu alma, no te preocupes yo te acompañaré y te enseñaré el camino; llorando le pedí que no dejara que eso pasara, que yo no podía terminar así, ahora si entendía todo, la manera de ignorarme durante toda la noche, el deseo de tomar ese café, el frío que estaba sintiendo…

Me dio la mano y me llevo ante la caja abierta y yo sin apenas resistencia hice que mi alma volviera a mi cuerpo, cerraron la caja y me introdujeron en aquel hoyo húmedo y triste, el terror se fue apoderando de mí, la oscuridad es algo que odio, no poder moverme, estar como atada me hacía perder la conciencia, si es que en ese momento me quedaba alguna. Intentaba en todo momento salir de allí, escapar, que alguien me despertara de aquel horrible sueño, gritaba, pero nadie me escuchaba, todos me seguían ignorando, en algún momento pensé morirme pero… me dije no, ya estoy muerta y no puede ser, por qué nadie me despierta.

De inmediato, aquel frío penetrante que yo sentía se empezó a transformar en un calor horrible, sentía que mi cuerpo se quemaba, como si ardiera, las lágrimas derramadas por mi llanto me quemaban como si fuera cianuro ¡Dios me ha mandado al infierno! pensé yo, parecía que me estaba abrasando, intentaba pensar en otra cosa, me preguntaba a mi misma, ¿No tendré derecho a otra oportunidad? ¿Así será mi final?.

Dentro de todo aquel horrible infierno tenía una sensación extraña de sosiego, de pronto noté como mi corazón volvía a latir, sofocado, agitado… mi cuerpo estaba totalmente empapado en sudor, sentía frío aunque no era tan intenso como antes, me mire las manos y tenían un color moreno, con lágrimas me levanté y busque un espejo, me miré detenidamente y con cuidado palpé todo mi cuerpo, ya no estaba tan rígido.

La calma volvió a mí, todo había sido un sueño, uno de tantos; pero… ¿quién me dice a mí que lo de antes no era un sueño sino qué ahora es cuando estoy soñando? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Si fue un sueño ¡fue tan real! Quizá lo mismo ha sido una segunda oportunidad, quién sabe, los misterios de la vida y la muerte son aún un enigma sin resolver.

sábado, 2 de abril de 2011

Sucumbir a la vida

Tras una larga tarde, la noche se preveía alterada, pero de ningún modo imaginé que las horas que se avecinaban llegarían a ser tan dramáticas: la muerte transitó en dos ocasiones cerca de nuestra habitación:

Rondaban las cuatro de la madrugada, en ese momento me dispuse a ausentarme por un instante para hacer humear un cigarro; así me relajaré y dormiré en la medida de lo posible, pensé; en seguida las sirenas de las ambulancias se percibieron cada vez más cerca, en un segundo por mí cabeza discurrieron las más dispares historias: Dios ¿Qué habrá pasado?, nadie puede estar tranquilo, ¿Será un accidente? ¿Habrá sido alguna pelea? ¿Será gente joven?.

Me tumbé un rato en aquel frío sillón, el aire fresco de la madrugada que entraba por la ventana se estaba dejando notar; no quería cerrar los ojos, no deseaba dormir pero… el sueño me sometió por un instante, fui entornando los ojos e imaginé por un momento una situación, una breve pero intensa historia que hacía escasamente un momento me habían narrado, de esas que cuando te la cuentan te llega al corazón.

Algo irrumpió ese sueño sobre las cinco de la mañana, en el pasillo se percibía un ir y venir de gente sobresaltada; quizá sería por timidez, pero no me decidí a asomarme para ver qué ocurría. Algo después de las siete de la mañana fue cuando salí a la frialdad de aquel extenso pasillo y me relataron lo acontecido: la señora que ocupaba una de las habitaciones había sucumbido a la vida. Cuando alguien te transmite un suceso así, en un sitio como aquel, echas la mirada hacia atrás, embargándote en ese preciso instante un desmesurado sentimiento de tristeza.

La muchedumbre comienza a transitar por los pasillos, que dejan de estar vacíos para llenarse de comentarios. ¿Qué tal la noche? Nos preguntamos unos a otros; algunos se van a descansar de la noche para dar paso a otros familiares durante el día, mis oídos en ese momento escuchan un comentario que hacían a una de las enfermeras: Por favor, échale un ojo que lo veo algo trastornado, mientras llega mi hermano. Bajé con ella en el ascensor, iba a descansar, yo a desayunar; cuando subí volví a ver esas caras, esas miradas tristes, esos ojos de los que se veían asomar unas lágrimas. Respiré profundamente y no hizo falta preguntar, el señor de la habitación de enfrente había abandonado esta atroz vida, su cuerpo ya no aguantó más. La chica con la que bajé en el ascensor no tardó mucho en llegar, el chico que había allí era su hermano, el señor no estuvo solo muchos minutos por lo que no murió sólo, de mis ojos asomó una contenida y tímida lágrima.

Entro a mi habitación y miro que todo sigue igual, algo de tranquilidad siempre queda. Observo su respiración, pausada a veces, vuelvo a salir fuera, al que ahora parece un pasillo más acogedor; mi cuerpo se queda paralizado, cuando sin esperarlo, veo que sacan una cama, en la que se halla el cuerpo sin vida, tapado completamente por una sábana, del señor de la habitación de enfrente.

Una vez más la muerte había pasado de soslayo por nuestra habitación.