Dormía placidamente cuando de pronto de mí salió un suspiro, quizá el último; una bocanada de aire agotado salió de mi cuerpo, igual que si estuviera siendo expulsada de un vacío e insondable pozo, un sentimiento de abismal placer invadió mi débil cuerpo dejándolo reposar y cayendo en un dulce y penetrante sueño.
Transcurrió un reducido espacio de tiempo cuando de pronto me estaba viendo vestida de un modo extraño, para el día en que estábamos estoy muy bien arreglada, pensé yo, pero agotada, volví a caer en el mismo intenso sueño, nada me podría despertar, estaba totalmente relajada, no obstante escuchaba voces lejanas: hablar y algún lamento.
De un momento a otro, sin que ni siquiera me diera cuenta, alguien a quien conocía me extendió su mano para que yo la tomara, la agarre y me ayudo a levantarme; sorprendida por verle le pregunté: ¿qué haces aquí? Y él con una agradable voz me dijo: calla y ven conmigo, tienes que acompañarme; sin hacer más preguntas ni reproche alguno lo seguí.
En ese preciso momento, al darle la mano y levantarme, me vi a mí misma tumbada, dormida, pero esto no me sorprendió, estaba muy tranquila, en ese mismo instante pensé que era uno de tantos y tantos sueños en los que yo salía de mi propia cama, de mi cuerpo, en cualquier noche, para caminar por Baños, pasear por playas, lugares desconocidos para mi…. pero … este sueño y este viaje parecían ser diferentes, no salía de aquella casa.
En escaso tiempo comenzó a llegar gente, la casa se estaba saturando y yo me preguntaba por qué estaba tan concurrido aquel hogar en el que nunca se habían recibido tantas visitas, algunas desconocidas para mí, llegué a pensar en algún momento en que alguien había fallecido, pero era algo curioso porque todos estábamos allí, no faltaba nadie. Al momento dos señoras llegaron y se acomodaron, ni me vieron porque casi se sientan sobre mí, me tuve que levantar rápidamente, qué desagradables, ni se disculparon en ningún momento conmigo.
La gente hablaba y hablaba sin cesar, yo las escuchaba pero en ningún momento se dirigían a mí, como si yo no existiera, de algún modo me alegraba, porque a pesar de ser mujer de conversación, los temas allí expuestos en ese instante no eran mucho de mí agrado. Una señora muy simpática le explicaba a su acompañante casi toda su vida, y ésta parecía muy interesada en la conversación; a mí el vello se me ponía de punta de tan solo escucharlas, tan entendidas ellas en todos los temas.
Un velatorio, porque era ahí donde yo estaba; me di cuenta al ver unas coronas grandes de flores junto a una caja, con una dedicatoria en una de ellas que decía: ‘tus amigos no te olvidan’, en un velatorio se dan conversaciones muy variadas y salen entendidos de todos los trabajos.
Una señora le comentaba a otra el momento en que le dijo al anestesista como le tenía que inyectar la propia anestesia, pues ella la quería general y él prefirió la epidural, ¡ay que ver con el anestesista! pensé yo, sabrá la señora más que él. Ya cansada de escucharlas me fui retirando hacia el salón colindante, había diferentes corros de personas, cada uno hablaba de cosas diferentes, algunos sostenían sobre sus manos una taza de café humeante.
La casa se estaba impregnando de ese dulce aroma, y aunque no me gusta el café en ese segundo me estaba apeteciendo uno, el olor a él me encantaba, a cada minuto yo sentía más frío, me estaba quedando helada, mi cuerpo parecía que por momentos se estaba poniendo rígido y me apetecía tomar algo calentito.
Salimos a la calle y había igualmente mucha gente, casi todos sostenían en sus manos un cigarro, a mí me apeteció fumarme uno pero no llevaba, y aunque les pedí a algunos tabaco, a nadie parecía importarle mi presencia porque en ningún momento me miraron y mucho menos para ofrecerme un cigarro, pasaba inadvertida para todo el mundo.
Mi cuerpo cada vez se sentía más cansado, agotado; el frío que sentía cada vez se hacía más intenso, la rigidez cada vez se hacía más latente y volví a entrar una vez más en casa, la gente seguía y seguía charlando, cada uno con su tema y yo parecía ser invisible ante ellos. Cada vez mi curiosidad se agrandaba más por saber quien ocupaba aquella caja, pero a mí no me gusta ver un difunto por lo que no entré a la habitación.
¡Ya es la hora! dijo alguien que entró, al asomarme vi un coche fúnebre, cada vez había más afluencia en la calle, en ese momento introdujeron la caja en el coche y colocaron las coronas, con paso lento lo dirigieron hasta la esquina de los molinos, yo lo seguí igual que todo el mundo, con la mirada perdida y cansada, cada vez estaba más helada, mis manos casi moradas del frío temblaban, esa rigidez no la entendía, lo miré a él y me miró, entonces me dijo: no te preocupes eso es normal, aún no estás acostumbrada, yo le pregunté: ¿Acostumbrada a qué? ¿Qué es lo que ocurre? Todo esto no es normal, tú no deberías estar aquí... ¿o sí? Este frío que yo tengo nunca lo sentí tan intensamente, ¿Por qué todo el mundo me ignora? ¿Quién va en ese coche?, él me miro y asintió con la cabeza, en ese momento una lágrima quemaba mis mejillas, no quería entender lo que quizá iba a ser mí último viaje o mi último sueño.
Le dije que ya quería despertar pero no me hizo caso y me dijo: nadie te ha dicho que esto sea un sueño, ya lo entenderás; seguimos el camino hasta el cementerio, antes de introducir la caja en la tierra, la abrieron y mi curiosidad hizo que yo me asomara para ver quién ocupaba la misma.
No, no podía ser, era una chica y se parecía a mí, pero mi asombro era tal que no quería reconocerme, no quería aceptar que era yo, aún tenía muchos sueños que cumplir, muchos viajes que realizar, mucha vida que vivir… estaba totalmente pálida, parecía feliz en ese abismal sueño porque tenía una leve sonrisa en los labios, quería salir huyendo de aquél lugar pero él me sujeto y me dijo: hasta aquí llega tu cuerpo, aquí termina tu viaje, ahora le toca vivir a tu alma, no te preocupes yo te acompañaré y te enseñaré el camino; llorando le pedí que no dejara que eso pasara, que yo no podía terminar así, ahora si entendía todo, la manera de ignorarme durante toda la noche, el deseo de tomar ese café, el frío que estaba sintiendo…
Me dio la mano y me llevo ante la caja abierta y yo sin apenas resistencia hice que mi alma volviera a mi cuerpo, cerraron la caja y me introdujeron en aquel hoyo húmedo y triste, el terror se fue apoderando de mí, la oscuridad es algo que odio, no poder moverme, estar como atada me hacía perder la conciencia, si es que en ese momento me quedaba alguna. Intentaba en todo momento salir de allí, escapar, que alguien me despertara de aquel horrible sueño, gritaba, pero nadie me escuchaba, todos me seguían ignorando, en algún momento pensé morirme pero… me dije no, ya estoy muerta y no puede ser, por qué nadie me despierta.
De inmediato, aquel frío penetrante que yo sentía se empezó a transformar en un calor horrible, sentía que mi cuerpo se quemaba, como si ardiera, las lágrimas derramadas por mi llanto me quemaban como si fuera cianuro ¡Dios me ha mandado al infierno! pensé yo, parecía que me estaba abrasando, intentaba pensar en otra cosa, me preguntaba a mi misma, ¿No tendré derecho a otra oportunidad? ¿Así será mi final?.
Dentro de todo aquel horrible infierno tenía una sensación extraña de sosiego, de pronto noté como mi corazón volvía a latir, sofocado, agitado… mi cuerpo estaba totalmente empapado en sudor, sentía frío aunque no era tan intenso como antes, me mire las manos y tenían un color moreno, con lágrimas me levanté y busque un espejo, me miré detenidamente y con cuidado palpé todo mi cuerpo, ya no estaba tan rígido.
La calma volvió a mí, todo había sido un sueño, uno de tantos; pero… ¿quién me dice a mí que lo de antes no era un sueño sino qué ahora es cuando estoy soñando? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Si fue un sueño ¡fue tan real! Quizá lo mismo ha sido una segunda oportunidad, quién sabe, los misterios de la vida y la muerte son aún un enigma sin resolver.