Tras una larga tarde, la noche se preveía alterada, pero de ningún modo imaginé que las horas que se avecinaban llegarían a ser tan dramáticas: la muerte transitó en dos ocasiones cerca de nuestra habitación:
Rondaban las cuatro de la madrugada, en ese momento me dispuse a ausentarme por un instante para hacer humear un cigarro; así me relajaré y dormiré en la medida de lo posible, pensé; en seguida las sirenas de las ambulancias se percibieron cada vez más cerca, en un segundo por mí cabeza discurrieron las más dispares historias: Dios ¿Qué habrá pasado?, nadie puede estar tranquilo, ¿Será un accidente? ¿Habrá sido alguna pelea? ¿Será gente joven?.
Me tumbé un rato en aquel frío sillón, el aire fresco de la madrugada que entraba por la ventana se estaba dejando notar; no quería cerrar los ojos, no deseaba dormir pero… el sueño me sometió por un instante, fui entornando los ojos e imaginé por un momento una situación, una breve pero intensa historia que hacía escasamente un momento me habían narrado, de esas que cuando te la cuentan te llega al corazón.
Algo irrumpió ese sueño sobre las cinco de la mañana, en el pasillo se percibía un ir y venir de gente sobresaltada; quizá sería por timidez, pero no me decidí a asomarme para ver qué ocurría. Algo después de las siete de la mañana fue cuando salí a la frialdad de aquel extenso pasillo y me relataron lo acontecido: la señora que ocupaba una de las habitaciones había sucumbido a la vida. Cuando alguien te transmite un suceso así, en un sitio como aquel, echas la mirada hacia atrás, embargándote en ese preciso instante un desmesurado sentimiento de tristeza.
La muchedumbre comienza a transitar por los pasillos, que dejan de estar vacíos para llenarse de comentarios. ¿Qué tal la noche? Nos preguntamos unos a otros; algunos se van a descansar de la noche para dar paso a otros familiares durante el día, mis oídos en ese momento escuchan un comentario que hacían a una de las enfermeras: Por favor, échale un ojo que lo veo algo trastornado, mientras llega mi hermano. Bajé con ella en el ascensor, iba a descansar, yo a desayunar; cuando subí volví a ver esas caras, esas miradas tristes, esos ojos de los que se veían asomar unas lágrimas. Respiré profundamente y no hizo falta preguntar, el señor de la habitación de enfrente había abandonado esta atroz vida, su cuerpo ya no aguantó más. La chica con la que bajé en el ascensor no tardó mucho en llegar, el chico que había allí era su hermano, el señor no estuvo solo muchos minutos por lo que no murió sólo, de mis ojos asomó una contenida y tímida lágrima.
Entro a mi habitación y miro que todo sigue igual, algo de tranquilidad siempre queda. Observo su respiración, pausada a veces, vuelvo a salir fuera, al que ahora parece un pasillo más acogedor; mi cuerpo se queda paralizado, cuando sin esperarlo, veo que sacan una cama, en la que se halla el cuerpo sin vida, tapado completamente por una sábana, del señor de la habitación de enfrente.
Una vez más la muerte había pasado de soslayo por nuestra habitación.
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