Comencé en un breve instante a experimentar algo insólito dentro de mí: algo apretaba mi pecho; un ahogamiento infernal que no dejaba que el aire fresco llegara a mi interior; el desconsuelo era tal que se hacía insoportable. Me adentré en una negrura escalofriante; la incertidumbre me embargaba. Recorrí unos metros cuando vi una refulgente luz; vertiginosamente me dirigí hacia ella pese a que, al llegar, una gran decepción se apoderó de mí. Todo parecía deshabitado, no descubrí nada ni nadie, tan sólo estaba aquella luz, deslumbradora, cegadora, reluciente… que quizá en ese instante me provocaba más recelo que la tenebrosa oscuridad. Quería evitarla regresando hacia la oscuridad, pero algo no me dejaba. Remotamente percibía el eco de alguna voz; tiritaba; en ese momento pensé: ¿será el frío o quizá el miedo?; pero de pronto todo se consumó, no advertía frío, aunque mi cuerpo estaba entumecido, ni miedo, nada oprimía ya mi cuerpo, dejé de escuchar aquella voz lejana. Me adentré en la luz, pero allí no existía nada.
miércoles, 16 de marzo de 2011
martes, 8 de marzo de 2011
Los aromas de mi pueblo
Hoy no tenía la valentía para escribir relato alguno, así que, pensando qué urdir en esta jornada, determiné evadirme un poco y fui a dar un paseo. El día amaneció grisáceo, el cielo permanecía encapotado, la bruma ocultaba las cubiertas de las casas; se asemejaba a un día triste, sin embargo, era uno de esos en los que me incitaba a pasear, cosa que me entusiasma.
Cogí un deslucido paraguas y me alejé con paso sosegado a pasear por mi pueblo para descubrir su esplendor en un día así. Lo que descubrí en un primer instante no fue nada especial. La gente irrumpía, apresurada, abandonando las calles para adentrarse al calor de sus hogares y resguardarse de la fría agua que caía. Algunas de las chimeneas desprendían un denso humo que impregnaba con un aroma a sierra las calles. Esa fragancia, que tanto me agrada, hacía venir a mi memoria gran cantidad de recuerdos.
En un plano anterior a la sierra descubrí un gran pantano; sus aguas parecían diáfanas, pero como todos, indudablemente tendría un fondo hediondo; a mí jamás me ha cautivado, si bien, acercaba a mi recuerdo situaciones agradables de cuando todavía era una niña; aun así, siempre me ha asaltado cierta desconfianza el transitar por su ribera, siendo muy pocas las ocasiones en las que me he aventurado a sumergirme en sus aguas.
Ya no diluviaba, sin embargo la neblina se tornaba a cada momento más densa. A pesar de todo, decidí arriesgarme y proseguí mi paseo bajando por la Llaná; apenas recorrí unos metros, contemplé a lo lejos el castillo. Por un momento dudé si continuar no obstante resolví, ya que había llegado hasta allí, aproximarme hasta él porque hacía bastante tiempo que no lo visitaba.
Subiendo por Santa María, los recuerdos de antaño comenzaron a asaltarme; me recliné sobre la mojada barandilla, mi mirada se perdía por la campiña: la misma se ocultaba entre la niebla aunque de vez en cuando se podía advertir el destello de algún coche, entre el mar de olivos, acercándose.
Me giré cuidadosamente para contemplarlo; seguía igual de esplendoroso, sus muros mojados parecían llorar de lamento por las guerras vividas a lo largo de su vasta vida. Por él han pasado las más dispares historias, conquistas y reconquistas, de pontificios, bereberes y cristianos. En nuestra época ha albergado los amores y desamores de muchas generaciones, sus muros han podido contemplar risas y llantos, los regocijos y el padecer de residentes y foráneos, de toda la muchedumbre que ha cruzado junto a estos muros. Actualmente acoge las visitas de todo aquel peregrino que atraído por sus crónicas ansía conocer todo de él. Cuando lo ven majestuoso se quedan perplejos de descubrir algo tan portentoso en una villa, probablemente ignorada por muchos.
Reemprendí mi paseo, me había demorado en exceso, retornando sobre mis pasos más ligeramente, tomé la decisión de subir por la calle Mestanza; al atravesar la plaza observé de soslayo la iglesia sin embargo no era ocasión de detenerme en ella, debido a la hora, aun así aminoré mi paso para contemplar su solemnidad.
El empedrado de la calle estaba totalmente empapado ya que hacía un momento que había dejado de chaparrear. Mientras iba ascendiendo me volvía a llegar el aroma que desprendían las chimeneas, el frío comenzaba a acentuarse, imaginando, mientras pasaba próxima a ellas, el calor que las mismas debían desprender y las comidas que estarían condimentando y que, por su olor, deberían ser serreñas.
Estaba cercana la hora de la comida y quizá por el hambre percibía el olor de la carne asada sobre las ascuas, unas migas o, por qué no, un puchero hecho lentamente al fuego durante toda la mañana.
Cuando llegué a casa estaba agotada, lo que en un principio parecía que iba a ser un día empalagoso se había transformado sin apenas darme cuenta en especial, dentro de mí se sucedieron un cúmulo de emociones. De este modo me surgió el atrevimiento de dejar plasmado lo que había concluido como un día maravilloso.
sábado, 5 de marzo de 2011
Deambulando por tus calles
Vagaba por las calles de aquel fantasmagórico pueblo, estrechas y empinadas, con escasa luz, casas con tejados erguidos que transpiraban agua causado por la condensación de la calima que se estaba originando. El cielo se tornaba gris, la noche estaba empezando a caer, la muchedumbre emprendía el regreso a sus hogares; casas de grandes rejas con forjados arcaicos, desmesurados pórticos de madera que daban aspectos señoriales, con grandes fachadas de piedra aparentando ocultar tras ellas las más dispares historias e incitando adentrarse en las mismas. Con paso sosegado, gozando del aspecto de una calle desatendida, una casa medio derrumbada por la dejadez de su propietario, un perro desatendido, buscando el amparo de algún buen samaritano; el gimoteo de un niño tras la puerta amurallada de una gran casa por la que a través de su ventana se puede contemplar una gran chimenea que facilita calidez al hogar haciendo que en el exterior se hiciera sentir más aun el penetrante frío que se hallaba en la calle. Continuaba deambulando por las apretadas calles cuando observé a dos señores mayores realizando un trueque, terminado el mismo se despidieron con un fuerte apretón de manos retirándose cada cual por un camino diferente, ambos con una ufana sonrisa perfilada en su rostro. Más adelante una señora procuraba avivar el brasero de picón con un gastado cartón. Los últimos niños mas rezagados corrían despavoridos por la calle empedrada mientras sus madres los aguardaban en el umbral de la puerta con el semblante malhumorado. La noche se cerró en niebla, daba pavor caminar por la calle, distraída me aproximé hasta un gran mirador donde a lo lejos se avistaba el relucir de otras calles, meditando en ese instante cómo serán y que sucederá en ellas.
viernes, 4 de marzo de 2011
Oscuridad
Eché a correr como un huracán sin contemplar que tenía a mis espaldas. Decidí escapar, algo se manifestaba tras de mí, parecía que me atraparía, aunque mis pies aligeraban como jamás había soñado que podía hacerlo. Mi cuerpo no permanecía en la tierra, aparentaba deslizarse como el torrente de agua en el río. Presuroso me interné en un tenebroso bosque, las ramas tapaban mi camino, no advertí destello alguno, la opacidad saturaba todo lo que mis ojos querían ver. El pavor se adueñaba de mi a cada instante, mi corazón palpitaba tan fuerte que se podía percibir en todo el lúgubre bosque, resbalé al tropezar con una gran roca, mi cuerpo se desplomo, pero retorné valiente, me levante cerré los ojos firmemente y los volví abrir entonces comencé a ver la luz, me apresuré hacia ella esta vez sin recelo. Al llegar a ella su luminiscencia me sorprendió y corrí otra vez retrocediendo hacia la oscuridad pero sin miedo solo para enfrentarla, para triunfar sobre ella.
jueves, 3 de marzo de 2011
Esencia
Y el sol comenzó a asomar, retornó más resplandeciente que nunca; centelleante, como hacía tiempo no lo había contemplado, probablemente jamás había advertido su grandiosa magnificencia, brillaba como siempre lo había soñado. Su luz iluminaba la sonrisa de aquellos niños que se divertían en el parque, escoltaba a la pareja que alegremente mostraba su amor en la orilla del mar inmenso. Su fuego abrasador incineraba mi piel, me ubicaba tan próximo a él que casi lograba palparlo con las manos.
Todo parecía distinto: mi cuerpo se agitaba como en una nube blanca y sedosa, aquella liviana sonrisa aún la retenía grabada en mi retina, e incluso aquella desolada mirada que de ningún modo podría ignorar. Advertía cómo el mundo se iba distanciando, mi cuerpo comenzaba a experimentar calor, de un momento a otro parecía evaporarse, volverse energía. Ya no habitaba mi cuerpo pero permanecía mi esencia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)