Vagaba por las calles de aquel fantasmagórico pueblo, estrechas y empinadas, con escasa luz, casas con tejados erguidos que transpiraban agua causado por la condensación de la calima que se estaba originando. El cielo se tornaba gris, la noche estaba empezando a caer, la muchedumbre emprendía el regreso a sus hogares; casas de grandes rejas con forjados arcaicos, desmesurados pórticos de madera que daban aspectos señoriales, con grandes fachadas de piedra aparentando ocultar tras ellas las más dispares historias e incitando adentrarse en las mismas. Con paso sosegado, gozando del aspecto de una calle desatendida, una casa medio derrumbada por la dejadez de su propietario, un perro desatendido, buscando el amparo de algún buen samaritano; el gimoteo de un niño tras la puerta amurallada de una gran casa por la que a través de su ventana se puede contemplar una gran chimenea que facilita calidez al hogar haciendo que en el exterior se hiciera sentir más aun el penetrante frío que se hallaba en la calle. Continuaba deambulando por las apretadas calles cuando observé a dos señores mayores realizando un trueque, terminado el mismo se despidieron con un fuerte apretón de manos retirándose cada cual por un camino diferente, ambos con una ufana sonrisa perfilada en su rostro. Más adelante una señora procuraba avivar el brasero de picón con un gastado cartón. Los últimos niños mas rezagados corrían despavoridos por la calle empedrada mientras sus madres los aguardaban en el umbral de la puerta con el semblante malhumorado. La noche se cerró en niebla, daba pavor caminar por la calle, distraída me aproximé hasta un gran mirador donde a lo lejos se avistaba el relucir de otras calles, meditando en ese instante cómo serán y que sucederá en ellas.
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