Hace dos, tres quizá cuatro años que ocurrió pero lo recuerdo como si fuera ayer: Era verano, allá por el mes de agosto y tal día como hoy: feria de linares; yo, muy dispuesta propuse al marido ir a la misma, pero él aún más hábil se negó rotundamente, dije: ¡¡ah pues si tú no vienes me piro así que tú verás!!; en ningún momento se opuso, eso sí tenía que llevarme a los niños así que acepté. Como era con los pequeños hice planes para el día completo. Primero de todo: llamar a una amiga, la cual aceptó; la mañana sería de compras; la comida de tapeo; a continuación la feria; así lo hicimos.
Por supuesto ni que decir tiene que el teléfono estuvo todo el día fuera de cobertura, ¡madre mía este hombre sublevo a media familia!, se pensaría que me había fugado de la casa, ¡con lo a gusto que estaba como desconectada!.
Cansa estar todo el día de feria, sobre todo cuando vas con niños pero… palos con gusto no duelen y echamos buen día.
A las seis de la tarde, un 30 de agosto, se puede imaginar uno el calor que hace, recuerdo el día exacto por diferentes motivos; uno: porque es el santo de alguien a quien no recuerdo muy bien, será porque con ella no me llevo lo suficiente y como dice Joaquín Sabina "me sobran los motivos" ya que, entre su mala cabeza y lo preguntona, hay ocasiones en las que se ve metida en más de un lío; otro: por lo que ocurrió en mi vuelta hacia baños, es decir sería el mismo, la mala cabeza.
Cogí mi coche, siempre digo que rara es la vez que no me ocurre nada cuando lo hago, si no me paso un semáforo me meto en dirección prohibida en fin… si no la doy a la entrada la doy a la salida.
Arranco el coche: musiquita para ambientar, recuerdo que era Joaquín Sabina, suelo llevar siempre música de él; un cigarrito ¡¡ya se que iban niños pero llevaba la ventanilla abierta!!; el cinturón de seguridad ¡muy importante!; todo tiene que estar en regla con el coche porque el peligro va dentro.
Íbamos tan requetebién por la carretera, no había ni un alma, ¡claro a esa hora, nada más que locos!, entre los que yo estaba incluida. Subiendo la cuesta de matacabras el coche ya comenzó a hacer un ruido ¿extraño?, yo dije: ¡joder nena el coche no tira, parece que quisiera pararse!, a lo cual, me contesta mi amiga: pues písale que se ahoga; ¡coño si eso voy haciendo! Dije yo un pelín alterada. A mí me iba cambiando la cara de color porqué: pues veía que el coche no quería tirar más, algo estaba pasando y no era normal; ¡cuando de pronto justo al subir la cuesta! menos mal que no fue en mitad de ella, plof plof plof, el coche dijo: hasta aquí he llegado.
¡Hostias nena! dije yo, ¡madre miaaaaaaaa! ¿qué le pasa a esto?, ¡lo que faltaba!; los nenes de las voces se despertaron; ¡no, sí sólo faltaba que se rompiera ahora el coche!, ¡pero… si todo está bien!, miraba todo como si entendiera.
De repente en mí se encendió una luz que me iluminó, dije: espera que mire algo, ¡no puede ser!, me falto llorar, aunque no recuerdo bien si lo hice, ¡nena que fíjate tú que se me olvido echar gasolina!, la cara de mi amiga era un poema; ¡está el deposito a cero!, menuda papeleta: seis de la tarde en pleno agosto; tiradas en mitad de la carretera con dos niños. ¡No pasa nada, voy a por gasolina! ¡tranquila no perdamos la calma!, yo sola me lo decía todo.
Sólo había unos cuantos metros, muchos diría yo, ¡se veía tan pequeña la gasolinera!, advertí antes de bajarme: las ventanillas subidas sin abrir a nadie, pero a ver quién podía hacer eso si aquello era una sauna. Un coche pasaba a mi lado mientras me dirigía a la gasolinera y de reojo miraba diciendo para mí ¡por dios que no se pare!, pero se paró, eran de baños, me llevaron a la gasolinera y de vuelta al coche para echar la gasolina.
Desde entonces siempre intento y digo intento porque he estado en más de una ocasión con el depósito en reserva, llevarlo lleno; más bien medio lleno o medio vacío, según con las ganas que lo mire. Menos mal que no estaba por ahí la benemérita, sino lo que hubiera faltado.
La otra papeleta venía después, explicar lo sucedido pues ya imaginaba las reacciones: ¡si esto lo sabía yo! ¡no sé! ¿para qué vas?, ¡pero… claro!, ¡mira que nunca la sacas en limpio!... ; ¡leches pues hubieras dicho que no querías que fuera!, aunque claro, ¿hubiera hecho caso de las recomendaciones de no ir? Pues… seguro que no, pero… ahí queda en el aire, quién sabe. Todavía hoy cuando veo a los que me socorrieron aquél día me da risa, a ellos también les asoma una sonrisa de cierto ¿cachondeo?, pero siempre estaré agradecida, porque lo mismo todavía estaría camino de la gasolinera.
Iba a invitar a mi amiga a pasar un día de feria pero seguro que surgiría la típica excusa: ¡no puedo estoy trabajando! ¡es que estoy cansada! joder dí que no se te ha olvidado aquel día y que juraste que no volverías a montarte conmigo en un coche, porque ahora que lo pienso me hago unas preguntas: ¿cuánto hace que no se monta conmigo en el coche dos, tres o quizá cuatro años?; ¿cuánto hace que se ha sacado el carnet dos, tres o quizá cuatro años?.
Son muchas las cosas que me han pasado al volante y muchas personas las que han sufrido de mis peripecias al mismo, eso sí jamás he sufrido un percance, ni grande ni pequeño, pero... eso son otras historias.