Ya era tarde y el viento empezaba a soplar con fuerza, el aire proveniente de la sierra era frío y cortante. La noche se estaba iniciando y las escasas farolas que había comenzaban a iluminar la calle. Era un ir y venir de pequeños niños que corrían hacía sus casas asustados al llegar de repente aquella oscuridad; los que tenían algo de más edad, aún con sus pantalones cortos de los que a algunos les colgaba unos tirantes, calcetines hasta media pierna y unos zapatos ya desgastados por las piedras de la calle, no sentían en ningún momento el frío intenso del anochecer y siempre se hacían los remolones para quedarse jugando un rato más.
| Calle Santa Eulalia en el año 1952 |
Él, totalmente dichoso por la hazaña cometida, lo relataba como una anécdota más en la que demostraba, una vez más su valentía, pero los demás no terminaban de creerle pensando que, seguramente, se había asustado por cualquier cosa insignificante y había caído al intentar escapar como casi siempre le pasaba y en realidad habían acertado.
Junto al Molino los mayores hacían hogueras y, alrededor de las cuales, trazaban las tácticas de lucha; reunían piedras, se hacían tirachinas con las cuerdas que iban encontrando y un trozo de material viejo que habían conseguido de algún rincón de sus casas, además, se iban entreteniendo en lijar los palos para así conseguir hacerse unas espadas; se proveían de todos los artilugios necesarios para declarar la "guerra" al otro bando.
Ya entrada algo más la noche las madres salían a la puerta y con voz firme, a modo de grito, los llamaban para ir recogiéndolos mientras ellos tranquilamente, tras la piedra del Molino que había en el interior, escondían todas sus armas a la vez que quedaban para el día siguiente en ese mismo lugar, el Molino, para poder declarar la lucha a los que vivían en la parte baja del pueblo y que para ellos era el otro bando.
Ya por la mañana cuando todo estaba preparado para salir en busca de sus rivales para luchar, las madres les mandaban algo para hacer, algunos siempre gruñían cuando los enviaban a por agua a la Picoza ¿Qué prisa tienes? ¿No pensarás irte a jugar sin haber traído agua? les decían sus mamas enojadas, en ese momento era cuando unos cuantos amigos agarraban sus cantaros bajo el brazo y se iban camino a la fuente cabizbajos y relatando sobre sus quehaceres. Al fin y al cabo todo les servía para seguir estudiando las estrategias de combate, ya que, siempre buscaban el modo de poder atacar a su enemigo.
Ya por la mañana cuando todo estaba preparado para salir en busca de sus rivales para luchar, las madres les mandaban algo para hacer, algunos siempre gruñían cuando los enviaban a por agua a la Picoza ¿Qué prisa tienes? ¿No pensarás irte a jugar sin haber traído agua? les decían sus mamas enojadas, en ese momento era cuando unos cuantos amigos agarraban sus cantaros bajo el brazo y se iban camino a la fuente cabizbajos y relatando sobre sus quehaceres. Al fin y al cabo todo les servía para seguir estudiando las estrategias de combate, ya que, siempre buscaban el modo de poder atacar a su enemigo.
En el momento que cruzaban por el Santo el Cristo comenzaban a entretenerse en las canteras donde junto a las piedras imaginaban ser bandidos o bandoleros de Sierra Morena que luchaban por el porvenir del más débil, con máximo cuidado colocaban sus cantaros a un lado de aquellas piedras y pasaban las horas jugando por lo que, cuando querían darse cuenta, tenían que salir corriendo para recoger el agua; ya de vuelta subían hacia el pueblo con sus cantaros llenos, mientras, la madre esperaba impaciente ese agua riñendo al verlos llegar: “¡¡echa el agua en la pila y no tardes en venir que te lías con los juegos y se te va el santo al cielo!!”, había quien se hacía siempre el remolón para que le diera lo que para él era la recompensa de ese viaje a por agua, una onza de chocolate que se comía rápidamente para irse a luchar, por fin se iban a enfrentar.
Ya todos reunidos en la puerta del Molino se repartían todo el armamento, que como niños habían preparado, disponiéndose a bajar por todas las callejas que separaban su calle del Castillo. Cruzaban corriendo el Cotanillo porque siempre imaginaban que allí vivía algún hombre malvado que, en cualquier momento, saldría detrás de ellos con su garrota para pegarles por todo el jaleo que armaban cada vez que pasaban por ese lugar, aun así sabían que no dudarían en atacarlo con sus espadas y tirachinas para defenderse del fiero señor.
![]() |
| Molino de Viento en 1960 |
Nunca llegaban a cruzar poco más allá del Cotanillo ya que, cuando de lejos comenzaban a observar el campanario de San Mateo, había alguno que le surgía cualquier motivo para volverse, así que sin dudarlo dos veces retrocedían, en esta ocasión se iban a los Peñones para desde allí controlar todo igual que un bandolero. Cuando a lo lejos veían acercarse a algún niño del bando contrario éstos se resguardaban tras alguna gran piedra no dudando en apedrearlo sin piedad hasta verlo correr y llorar la calle abajo, en ese instante se burlaban ya que, habían conseguido vengar así las pedradas que había recibido alguno de ellos el día anterior.
| Vistas de Baños de la Encina |
| Vista de la Sierra |
Mientras tanto, yo con una sonrisa en la cara al ver el intento de levantarse para hacer la demostración le digo: “¡no, no, si te creo pero es que te imagino haciendo el nudo y bebiendo agua y no puedo remediarlo, me da risa pero no de ti te lo aseguro, si yo te creo, solo es eso, que te imagino!”.
| Camino de la Virgen |
Todas éstas historias, así como otras muchas más, aunque más que historias serían anécdotas, nunca me cansaría de oírlas, además de porque siempre las cuentan como si fuera la primera vez que lo hiciera y yo les presto la misma atención que esa primera vez, en ellas siempre te trasladan a otro Baños a otra época; son recuerdos de antaño que, aunque no están muy lejanos en el tiempo, nosotros "la gente joven” como nos dice, no hemos vivido.
Pero que en las mismas se puede advertir que, a pesar de todas las dificultades sufridas en esos años, fueron muy felices en su niñez y adolescencia y que, con lo poco que en aquellos tiempos les ofrecía la vida, sabían valorarlo por más insignificante que ésto fuera.
Pero que en las mismas se puede advertir que, a pesar de todas las dificultades sufridas en esos años, fueron muy felices en su niñez y adolescencia y que, con lo poco que en aquellos tiempos les ofrecía la vida, sabían valorarlo por más insignificante que ésto fuera.
