domingo, 27 de noviembre de 2011

Recuerdos de antaño

Ya era tarde y el viento empezaba a soplar con fuerza, el aire proveniente de la sierra era frío y cortante. La noche se estaba iniciando y las escasas farolas que había comenzaban a iluminar la calle. Era un ir y venir de pequeños niños que  corrían hacía sus casas asustados al llegar de repente aquella oscuridad; los que tenían algo de más edad, aún con sus pantalones cortos de los que a algunos les colgaba unos tirantes, calcetines hasta media pierna y unos zapatos ya desgastados por las piedras de la calle, no sentían en ningún momento el frío intenso del anochecer y siempre se hacían los remolones para quedarse jugando un rato más.



Calle Santa Eulalia en el año 1952
Había ocasiones que en la calle se podía escuchar el llanto de algún niño por alguna caída y que, al apreciar sus rodillas ensangrentadas por el golpe con alguna piedra de la misma, salía despavorido para salvaguardarse bajo las caricias y cuidados de su madre; las caídas siempre surgían al precipitarse por una gra’ mientras demostraba quien daba el salto más grande o por el susto de ver a algún hombre mayor al salir de la vereda cuando venía del huerto con su bolsa de la talega enganchada al hombro, el hacha en una mano y la azada en la otra cubriéndose con un sombrero de paja que apenas dejaba ver su cara cansada por el día duro de trabajo; tan pronto como lo veía aparecer se marchaba corriendo aterrorizado por aquella visión; pensando a su corta edad que era el hombre del saco, de este modo caía y, al darse con una piedra quizás mal puesta y ya desgastada por el paso de los años, se hacía una gran herida en su pequeña rodilla buscando así la primera casa que encontraba de cualquier vecina, y ésta con toda dulzura lo curaba colocándole una venda por lo que el niño muy feliz, en ese momento, contaba una historia que los demás boquiabiertos escuchaban: se había encaramado en lo más alto del Molino de Viento para ocultarse de un hombre al que le había tirado una piedra por defender a un niño más pequeño, al que quería llevarse en su saco, y corría tras él pero éste había conseguido burlarlo, no obstante, al intentar bajarse de aquél gran muro de piedra un perro grande y rabioso lo estaba esperando con la mala suerte de resbalar y caer, sin embargo, logró despistar tanto a aquel hombre como al perro rabioso.


Él, totalmente dichoso por la hazaña cometida, lo relataba como una anécdota más en la que demostraba, una vez más su valentía, pero los demás no terminaban de creerle pensando que, seguramente, se había asustado por cualquier cosa insignificante y había caído al intentar escapar como casi siempre le pasaba y en realidad habían acertado.

Junto al Molino los mayores hacían hogueras y, alrededor de las cuales, trazaban las tácticas de lucha; reunían piedras, se hacían tirachinas con las cuerdas que iban encontrando y un trozo de material viejo que habían conseguido de algún rincón de sus casas, además, se iban entreteniendo en lijar los palos para así conseguir hacerse unas espadas; se proveían de todos los artilugios necesarios para declarar la "guerra" al otro bando.

Ya entrada algo más la noche las madres salían a la puerta y con voz firme, a modo de grito, los llamaban para ir recogiéndolos mientras ellos tranquilamente, tras la piedra del Molino que había en el interior, escondían todas sus armas a la  vez que quedaban para el día siguiente en ese mismo lugar, el Molino, para poder declarar la lucha a los que vivían en la parte baja del pueblo y que para ellos era el otro bando.


Ya por la mañana cuando todo estaba preparado para salir en busca de sus rivales para luchar, las madres les mandaban algo para hacer, algunos siempre gruñían cuando los enviaban a por agua a la Picoza ¿Qué prisa tienes? ¿No pensarás irte a jugar sin haber traído agua? les decían sus mamas enojadas, en ese momento era cuando unos cuantos amigos agarraban sus cantaros bajo el brazo y se iban camino a la fuente cabizbajos y relatando sobre sus quehaceres. Al fin y al cabo todo les servía para seguir estudiando las estrategias de combate, ya que, siempre buscaban el modo de poder atacar a su enemigo.

En el momento que cruzaban por el Santo el Cristo comenzaban a entretenerse en las canteras donde junto a las piedras imaginaban ser bandidos o bandoleros de Sierra Morena que luchaban por el porvenir del más débil, con máximo cuidado colocaban sus cantaros a un lado de aquellas piedras y pasaban las horas jugando por lo que, cuando querían darse cuenta, tenían que salir corriendo para recoger el agua; ya de vuelta  subían hacia el pueblo con sus cantaros llenos, mientras, la madre esperaba impaciente ese agua riñendo al verlos llegar: “¡¡echa el agua en la pila y no tardes en venir que te lías con los juegos y se te va el santo al cielo!!”, había quien se hacía siempre el remolón para que le diera lo que para él era la recompensa de ese viaje a por agua, una onza de chocolate que se comía rápidamente para irse a luchar, por fin se iban a enfrentar.


Molino de Viento en 1960
Ya todos reunidos en la puerta del Molino se repartían todo el armamento, que como niños habían preparado, disponiéndose a bajar por todas las callejas que separaban su calle del Castillo. Cruzaban corriendo el Cotanillo porque siempre imaginaban que allí vivía algún hombre malvado que, en cualquier momento, saldría detrás de ellos con su garrota para pegarles por todo el jaleo que armaban cada vez que pasaban por ese lugar, aun así sabían que no dudarían en atacarlo con sus espadas y tirachinas para defenderse del fiero señor.


Nunca llegaban a cruzar poco más allá del Cotanillo ya que, cuando de lejos comenzaban a observar el campanario de San Mateo, había alguno que le surgía cualquier motivo para volverse, así que sin dudarlo dos veces retrocedían, en esta ocasión se iban a los Peñones para desde allí controlar todo igual que un bandolero. Cuando a lo lejos veían acercarse a algún niño del bando contrario éstos se resguardaban tras alguna gran piedra no dudando en apedrearlo sin piedad hasta verlo correr y llorar la calle abajo, en ese instante se burlaban ya que, habían conseguido vengar así las pedradas que había recibido alguno de ellos el día anterior.

Vistas de Baños de la Encina
Actualmente pasados algunos años, esos niños juguetones y guerreros de esa época, cuentan una y mil historias de cuando eran niños y adolescentes; uno de estos niños sentado tranquilo y sereno mientras disfruta del fresco aire del campo de una noche de verano, frente a su pueblo, como él siempre dice: “que bonito es mi Baños” con la vista perdida hacia él, entre tanto, toma un sorbo de su bebida favorita, wíski con agua y, se le va un suspiro que le sale desde el fondo del alma, con la mirada perdida hacia Baños y un brillo singular en sus ojos; le comienza a invadir la nostalgia comenzando así a hablar de sus tiempos vividos; yo lo escuchó contar sus aventuras con entusiasmo, me gusta oírlas por lo que siempre lo incito a que narre alguna, no obstante, suele contar las mismas y hay ocasiones que no puedo ocultar una sonrisa, y me dice muy serio: “¡tú que sabrás de la vida!” a lo que le respondo con una petición: “¡cuéntame lo de la cuerda!” y es cuando él se pierde en su memoria reflejando, de repente, en su rostro una expresión en la que se dibuja un gesto de alegría al ver el interés mostrado por todas y cada una de sus historias.


Vista de la Sierra
Inicia así su relato sobre uno de esos tantos días que su madre lo mandó a por bellotas a la sierra y casi llegando a Majavieja, ya de vuelta a su casa se le había terminado el agua pero como él que era muy listo y espabilado para sobrevivir por esas sierras, ni corto ni perezoso cogió una cuerda a la que hizo un nudo metiendo ésta en un charco, empapando ese nudo para beber agua, en ese momento en mi rostro se traza una gran sonrisa quedando sorprendida igual que si fuese la primera vez que escucho esa historia; me mira muy seriamente y me dice: “¡mira que esta chiquilla que siempre se ríe, me gustaría ver que harías tu perdida en esa sierra sin agua que beber, ni nada para comer!" Ya con cara de querer enfadarse pero con cierta ironía me recrimina: "¡a ver si con un nudo no lo harías y beberías y te comerías las bellotas! tú ¿Tú que vas a hacer? ¡si no sabes hacer ni la o con un canuto! la gente de ahora no sabéis nada de la vida ¡vamos! ¿Quieres qué te lo demuestre?  ¡¡mira que agarro ahora mismo una cuerda y lo hago!!”.


Mientras tanto, yo con una sonrisa en la cara al ver el intento de levantarse para hacer la demostración le digo: “¡no, no, si te creo pero es que te imagino haciendo el nudo y bebiendo agua y no puedo remediarlo, me da risa pero no de ti te lo aseguro, si yo te creo, solo es eso, que te imagino!”.

Camino de la Virgen
Refiere el día que regresaba de trabajar, siendo aún un niño por el camino de la Ermita de la Virgen de la Encina en su bicicleta y, a la altura del Pilar intentó realizar un salto mortal, con tan mala suerte de estrellarse con una oliva y romperse la nariz “¿ahora no te ríes verdad?” me dice muy serio y, yo con una sonrisa en los labios, le digo: “no, porque la nariz si la veo que aún la tienes rota, pero... el nudo sigo sin verlo” libero una gran carcajada, y es en ese momento cuando se dirige a mí y con tono de querer dejarme ya por imposible me dice: "no tienes remedio".

Todas éstas historias, así como otras muchas más, aunque más que historias serían anécdotas, nunca me cansaría de oírlas, además de porque siempre las cuentan como si fuera la primera vez que lo hiciera y yo les presto la misma atención que esa primera vez, en ellas siempre te trasladan a otro Baños a otra época; son recuerdos de antaño que, aunque no están muy lejanos en el tiempo, nosotros "la gente joven” como nos dice, no hemos vivido.


Pero que en las mismas se puede advertir que, a pesar de todas las dificultades sufridas en esos años, fueron muy felices en su niñez y adolescencia y que, con lo poco que en aquellos tiempos les ofrecía la vida, sabían valorarlo por más insignificante que ésto fuera.

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