miércoles, 12 de febrero de 2014

Siempre en el recuerdo


Un nudo en mi garganta evita que las palabras y los sentimientos que se agolpan en mi corazón salgan a la luz. Los recuerdos se amontonan en mi cabeza, son muchos. Sonrisas, conversaciones, juegos, lágrimas... Hay una frase de Isabel Allende que me gustó "la muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo". Siempre os recuerdo. Han pasado catorce años pero, aún así, basta cerrar los ojos un instante para revivir el día de tu marcha minuto a minuto. Se quedó ahí, grabado, desde el minuto uno. Y trece años después, ese mismo día, queda igualmente en la memoria. El valor de las personas no está en lo que tienen, ni en el espacio que ocupa sino en el vacío que dejan cuando se marchan aún cuando sus vidas hayan sido cortas.

El sol que quiere salir en un día nublado

Una nube blanca en el cielo azul















La luna asomando tímidamente
Un atardecer en todo su esplendor







lunes, 10 de febrero de 2014

La envidia sigue al mérito...

... como la sombra al cuerpo ¿no? Creo que es así el refrán; quiero decir que siempre que alguien destaca un poco en cualquier tema siempre tendrá a alguien detrás para criticar sus méritos. Supongo que habrá quien, a falta de mirarse, observa a los demás y, siempre, el observador tiene algún defecto que reprochar a quien contempla. Por gracia o por desgracia, son muchos los que tengo, probablemente demasiados diría, sin embargo, carezco de muchos también, pero... visto lo visto... he pensado que, quizá, a lo mejor, quién sabe, no sé... si después de ¿cuánto tiempo? Uno, dos... o casi tres años alguien continúa aconsejando, dando clases de literatura, animando a escribir... para que no cese mi empeño por hacerlo medianamente bien eso es por algo ¿no? supongo que es por algún motivo (afecto, amistad, cariño, apego... envidia, rencor, celos, rabia...) Querid@ anónim@, o no tan anónim@, gracias por estar siempre ahí leyendo cada entrada que escribo, por cada comentario tuyo a sabiendas que no será publicado (en alguno me has comentado que sabías que no lo haría), por la fe que tienes en mi al pensar que algún día por mi tenacidad lo haré bien. Me alegra, no sabes cuanto, que te gusten mis fotos, mis letras, mis audios... Tú me conoces y yo sé que también a ti, por lo tanto, después de todo éste tiempo tras mis pasos... ¿Qué te parece si charlamos cara a cara sobre ésto? Quizá así, no sé, tus clases sean más productivas. En ti está que así sea. Mmmm se me olvidaba decir que una crítica siempre es provechosa, sobre todo, cuando proviene de alguien que a mil leguas se ve que no tiene ni pajolera idea porque... dime de que presumes y te diré de que careces.

Un árbol mustio, con el tiempo, florece

domingo, 9 de febrero de 2014

El frío del acero

Relato leído por José Francisco Díaz-Salado en su programa La Voz Silenciosa. Desde aquí le doy las gracias, como siempre, por su presentación y, como no, por leer mis letras. Aunque él me las da a mí soy yo quien le agradece a él que me permita colaborar en su programa tanto con relatos como en las selecciones pues no deja de ser un placer hacerlo.

Como dice algún "amigo silencioso", así nos llama La Voz, es un relato "escalofriante, sangriento... muy interesante". Pero es que leído por La Voz, con tanta intensidad, la música... no podría ser de otro modo.

sábado, 8 de febrero de 2014

El frío del acero

Lentamente intentaba sin mucho éxito abrir sus ojos y, a pesar de presentir que no le gustaría lo que iba a descubrir, continuaba en su empeño de hacerlo aunque resultaba fallido. Cuando por fin lo consiguió, no logró hacerlo completamente pues los notaba hinchados, se dio cuenta que casi no podía moverse ya que su cuerpo estaba dolorido y parecía magullado. Un dolor indescriptible recorría cada músculo de él. Percibía que su camiseta estaba mojaba y pegada a su vientre, sin embargo, en la oscuridad no lograba adivinar que podría ser ese cálido líquido que la estaba empapando. Era tan duro el dolor que sentía en el costado y el brazo que su cuerpo se entumecía lo que impedía que éste se moviera y le resultaba casi imposible levantarse. Una tenue luz comenzó a entrar por un pequeño ventanuco que había en la parte superior de la pared y demasiado alto para alcanzar a ver qué había en el exterior. Con apenas fuerza y gran dificultad consiguió ponerse en pie mientras se apoyaba temblorosa en la pared cuando escuchó pasos al otro lado de la gran puerta, atenta y aterrorizada su cuerpo se paralizó y podía escuchar en medio de aquél silencio su agitada respiración y como su corazón bombeaba su sangre a un ritmo demasiado acelerado. La puerta se abrió violentamente de un gran portazo. No conseguía reconocer al tipo que había al otro lado, ni su voz cuando le gritaba pero si sintió como sus fuertes manos apretaban su dañado brazo y movía su cuerpo, debilitado, para sacarla casi en volandas y a empujones de aquél habitáculo. Al llegar al exterior sus ojos se cerraron por impulso al recibir el impacto de la cegadora luz que la deslumbró. Llevó sus manos temblorosas hacia su cara y gradualmente su vista se adaptó de la más grande oscuridad a la brillante luz y fue entonces cuando descubrió por qué estaba mojada. Lo que había en su ropa no era otra cosa que sangre, la misma que su cuerpo derramaba por las heridas ocasionadas en su brazo y su costado. En su cabeza se agolparon imágenes desagradables del instante en el que el frío acero hacían mella en su cuerpo, veía cómo se deslizaba por él, cortante y atrevido. Aquél hombre volvió a sacar un enorme machete y fue cuando reconoció la hoja brillante y afilada de su acero. Casi se reflejaba en ella la cara de satisfacción y crueldad del hombre. Pasó el filo del acero por su pálido rostro, despacio, acariciándolo. Su sonrisa le producía terror y su respiración se agitaba e intentaba contener unas lágrimas. Él, tranquilamente, pasó sus dedos por el pecho de ella y a continuación le seguía el afilado acero de su machete que iba rasgando su cuerpo con unos cortes lo suficientemente profundos como para ver como su sangre emergía de las heridas, volvía a subir sus dedos por sus hombros y repetía con el helado acero para continuar rajando su carne. Llegó a su rostro y lo dibujó con sus manos y tras soltar una gran carcajada el cuerpo de ella tembló, su vista se nubló y liberó de una vez por todas aquellas lágrimas retenidas. "Sabes qué toca ahora, no" le dijo él con voz ronca. Sus miradas se cruzaron en el mismo momento que ella se abandonaba al dolor que le producía sentir como se hundía la fría hoja de acero en su barriga y notar como la sangre brotaba por cada uno de los cortes que ésta le produjo. Su cuerpo flaqueó y se desplomó sobre la tierra de ese lugar. No veía ni tampoco podía moverse pero si advertía unos pasos sigilosos alrededor de ella y cómo él se detenía a su lado para posar sus manos sobre su cuerpo tembloroso y casi desangrado. Abrió sus ojos rebosantes de lágrimas e intentó decirle algo pero notó como él sellaba sus labios con uno de sus dedos. Volvió a cerrar los ojos un momento y ahogó aquellas últimas palabras que nunca saldrían de sus labios. En un instante con su mirada perdida hacia el inmenso cielo, que comenzaba a estar estrellado y resbalando por su rostro un pequeño hilo de lágrimas exhaló la que fue su última bocanada a la vida.