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martes, 10 de febrero de 2015

Amén

Cuando una persona muere no se lleva nada material, ya que, nacemos sin nada y nos vamos igual que hemos venido. Soló nos llevamos las historias vividas, lo que hemos compartido... "Un momento, tan sólo un momento y todo aparece a la vista. Tantos años vividos en una fracción de segundos, somos tan poco en el universo". Así presenta el micro relato El final José Francisco Díaz-Salado en su programa La voz silenciosa. Lo comparto.


domingo, 8 de febrero de 2015

El final

Paseaba por un camino largo, largo, largo... no le veía el fin. Ya casi agotada, allá a lo lejos, parecía distinguir unos arboles pequeños pero que, conforme iba avanzando, éstos se iban haciendo más y más grandes. Por fin vio una brillante luz que parecía ser el presagio del final del camino, y al fin llegó. Había unos grandes muros de piedra calada y los arboles que parecían pequeños eran grandes, muy grandes, tan grandes que daban cobijo a las tumbas que allí había. Ese era el final del camino. Miró sus manos vacías y echó la vista atrás y entonces se dio cuenta que sólo llevaba consigo las experiencias que había vivido.

lunes, 11 de marzo de 2013

Aprendiendo a olvidar

El tiempo transcurre y con él sus recuerdos se van difuminando. La memoria se va deteriorando lentamente; comienza con algo que apenas tiene importancia como una ropa mal tendida, un descuido a la hora de cocinar... los de su alrededor notan comportamientos extraños; quizá recuerda con más intensidad los hechos ocurridos hace más tiempo, olvidando lo más reciente; llega un momento que no reconoce a quienes tiene más cerca manifestando en algún instante rechazo hacia ellos y, de repente, olvida cómo sonreír e incluso caminar; va desaprendiendo todo aquello que desde niña fue adquiriendo para volver a ser eso, como una niña.

Pausadamente va abandonando  la lucha por recuperarse sintiendo apatía por la vida y sin tan siquiera darse cuenta del dolor que sienten aquellos que le rodean al verla así; poco a poco está aprendiendo a olvidar y, mientras tanto, éstos contemplan impotentes cómo el ser que más quieren y que tanto luchó para enseñarles unos valores ofreciendo toda su alegría y amor dando la fuerza necesaria hasta forjar lo que hoy en día son, se va deteriorando hasta suprimir de su mente su historia, su vida... a pasos agigantados la ven marchitarse igual que una flor. Y su sufrimiento es letal pues tan sólo les queda estar a su lado y, aunque ella no los reconozca, la cuidan, le hablan... exactamente igual que un día ella hizo.

Una amiga decía a su madre: "... echo de menos tus caricias, tu sonrisa, tus consejos de madre...por todo ello te recuerdo y mi corazón te añora madre. Te quiero con toda mi alma. Madre". Su madre aún vive pero no la reconoce, no recuerda nada de su vida... pero ella le habla como si tal cosa no ocurriera sabiendo que la tiene presente pero que en realidad está ausente.

Un periodista, Pedro Simón, declaró en una entrevista que "el alzheimer es una escalera de caracol que siempre va para abajo, en el proceso de deconstrucción del sujeto, en que todos acaban como niños inermes". 


jueves, 8 de marzo de 2012

Último aliento

En un instante comenzó a sentirse tan mal que un nudo desgarrador se le formó en la garganta sin permitirle pronunciar palabra alguna, mientras, su alma parecía estar partiéndose en diminutos fragmentos y, su corazón por momentos advertía que quisiera dejar de latir; de sus ojos brotaban sutilmente unas lágrimas que abrasaban su rostro a medida que éstas iban pasando por él.

Su cuerpo aparentaba querer abandonar este mundo para dar paso, quizá, a otro totalmente distinto. Un dolor punzante permanecía clavado en su pecho, probablemente, semejante al producido por un puñal de afilado acero cuando es clavado con impulso en el cuerpo; dicho dolor le estaba haciendo perder la conciencia lentamente y, aunque, esa herida no era sangrante estaba dejando una huella imborrable.

De repente, el cuerpo, cayó desplomado sobre el suelo y, sus ojos entornados continuaron desprendiendo unas lágrimas limitando su vista haciendo ésta, cada vez, más borrosa, pausadamente su cuerpo iba soltando su último aliento quedando tendido, ya sin vida, sobre el gélido suelo.

viernes, 19 de agosto de 2011

No abandonar jamás

Se hallaba abandonada y vacía, en una vida miserable en la que no veía nada positivo y de la que pensaba que no le pertenecía, por lo que decidió por fin rendirse y abandonar la misma para trasladarse a lo que vaticinaba su fallido descanso final.

De pronto una luz iluminó todo su alrededor no pudiendo advertir de dónde y cómo surgió, no obstante era espléndida y fulgurante, de la misma brotaban chispeantes destellos de colores; resurgió poco más o menos de la nada algo parecido a una ninfa, su voz calmada y serena le susurró durante un corto espacio de tiempo.

Ella, perpleja por los acontecimientos, no dejó de observar y escuchar a aquella apacible visión, fue entonces cuando unas lágrimas recorrieron sus mejillas al percatarse del que quizá podía haber sido su mayor error, sin embargo, probablemente fuese demasiado tarde, ya que había dado ese paso y no había marcha atrás, se estaba produciendo el desenlace final.

Su cuerpo se desvaneció exactamente como cae una diminuta roca por un gran arrecife; sí, allí cayó ella, en un abismo infernal del que no lograba reunir la fuerza suficiente para salir de él; por más que vociferaba, sollozaba, se arrastraba hacía fuera del mismo nadie la escuchaba, su esfuerzo era en vano. Ya quedaría para siempre encerrada en ese averno.

Había irrumpido en un letargo por no saber o quizá no querer entender lo que le estaba sucediendo. La negrura de aquel instante era tal que se sucedieron momentos en los que no supo distinguir entre realidad y ficción, por lo que ahora estaba pagando un coste demasiado alto.

Momentos tristes fueron los vividos en aquellos instantes de desesperación, pero esa quizá habría sido la mayor lección que en su vida había aprendido y de la que no cabía arrepentimiento alguno: por querer ausentarse antes de tiempo y morir antes de que la vida le regalara todo lo bueno que quedaba por sucederle, estaría albergando la muerte durante el resto de sus días, algo que nunca podría perdonarse.

Y es que en la vida hay que instruirse de los fracasos y de los momentos malos; de las caídas hay que aprender a levantarse para seguir hacía adelante, mas no hay que derrumbarse a la primera, sino persistir hasta conseguir el objetivo marcado. No dejarse abatir por nada ni nadie sino seguir con tus propias vivencias, llevar tus sentimientos con ternura, dolor, afecto, alegría o tristeza… pero siempre vivirlas por ti mismo y nunca dejarse llevar por un momento mal vivido.

martes, 12 de abril de 2011

El último viaje

Dormía placidamente cuando de pronto de mí salió un suspiro, quizá el último; una bocanada de aire agotado salió de mi cuerpo, igual que si estuviera siendo expulsada de un vacío e insondable pozo, un sentimiento de abismal placer invadió mi débil cuerpo dejándolo reposar y cayendo en un dulce y penetrante sueño.

Transcurrió un reducido espacio de tiempo cuando de pronto me estaba viendo vestida de un modo extraño, para el día en que estábamos estoy muy bien arreglada, pensé yo, pero agotada, volví a caer en el mismo intenso sueño, nada me podría despertar, estaba totalmente relajada, no obstante escuchaba voces lejanas: hablar y algún lamento.

De un momento a otro, sin que ni siquiera me diera cuenta, alguien a quien conocía me extendió su mano para que yo la tomara, la agarre y me ayudo a levantarme; sorprendida por verle le pregunté: ¿qué haces aquí? Y él con una agradable voz me dijo: calla y ven conmigo, tienes que acompañarme; sin hacer más preguntas ni reproche alguno lo seguí.

En ese preciso momento, al darle la mano y levantarme, me vi a mí misma tumbada, dormida, pero esto no me sorprendió, estaba muy tranquila, en ese mismo instante pensé que era uno de tantos y tantos sueños en los que yo salía de mi propia cama, de mi cuerpo, en cualquier noche, para caminar por Baños, pasear por playas, lugares desconocidos para mi…. pero … este sueño y este viaje parecían ser diferentes, no salía de aquella casa.

En escaso tiempo comenzó a llegar gente, la casa se estaba saturando y yo me preguntaba por qué estaba tan concurrido aquel hogar en el que nunca se habían recibido tantas visitas, algunas desconocidas para mí, llegué a pensar en algún momento en que alguien había fallecido, pero era algo curioso porque todos estábamos allí, no faltaba nadie. Al momento dos señoras llegaron y se acomodaron, ni me vieron porque casi se sientan sobre mí, me tuve que levantar rápidamente, qué desagradables, ni se disculparon en ningún momento conmigo.

La gente hablaba y hablaba sin cesar, yo las escuchaba pero en ningún momento se dirigían a mí, como si yo no existiera, de algún modo me alegraba, porque a pesar de ser mujer de conversación, los temas allí expuestos en ese instante no eran mucho de mí agrado. Una señora muy simpática le explicaba a su acompañante casi toda su vida, y ésta parecía muy interesada en la conversación; a mí el vello se me ponía de punta de tan solo escucharlas, tan entendidas ellas en todos los temas.

Un velatorio, porque era ahí donde yo estaba; me di cuenta al ver unas coronas grandes de flores junto a una caja, con una dedicatoria en una de ellas que decía: ‘tus amigos no te olvidan’, en un velatorio se dan conversaciones muy variadas y salen entendidos de todos los trabajos.

Una señora le comentaba a otra el momento en que le dijo al anestesista como le tenía que inyectar la propia anestesia, pues ella la quería general y él prefirió la epidural, ¡ay que ver con el anestesista! pensé yo, sabrá la señora más que él. Ya cansada de escucharlas me fui retirando hacia el salón colindante, había diferentes corros de personas, cada uno hablaba de cosas diferentes, algunos sostenían sobre sus manos una taza de café humeante.

La casa se estaba impregnando de ese dulce aroma, y aunque no me gusta el café en ese segundo me estaba apeteciendo uno, el olor a él me encantaba, a cada minuto yo sentía más frío, me estaba quedando helada, mi cuerpo parecía que por momentos se estaba poniendo rígido y me apetecía tomar algo calentito.

Salimos a la calle y había igualmente mucha gente, casi todos sostenían en sus manos un cigarro, a mí me apeteció fumarme uno pero no llevaba, y aunque les pedí a algunos tabaco, a nadie parecía importarle mi presencia porque en ningún momento me miraron y mucho menos para ofrecerme un cigarro, pasaba inadvertida para todo el mundo.

Mi cuerpo cada vez se sentía más cansado, agotado; el frío que sentía cada vez se hacía más intenso, la rigidez cada vez se hacía más latente y volví a entrar una vez más en casa, la gente seguía y seguía charlando, cada uno con su tema y yo parecía ser invisible ante ellos. Cada vez mi curiosidad se agrandaba más por saber quien ocupaba aquella caja, pero a mí no me gusta ver un difunto por lo que no entré a la habitación.

¡Ya es la hora! dijo alguien que entró, al asomarme vi un coche fúnebre, cada vez había más afluencia en la calle, en ese momento introdujeron la caja en el coche y colocaron las coronas, con paso lento lo dirigieron hasta la esquina de los molinos, yo lo seguí igual que todo el mundo, con la mirada perdida y cansada, cada vez estaba más helada, mis manos casi moradas del frío temblaban, esa rigidez no la entendía, lo miré a él y me miró, entonces me dijo: no te preocupes eso es normal, aún no estás acostumbrada, yo le pregunté: ¿Acostumbrada a qué? ¿Qué es lo que ocurre? Todo esto no es normal, tú no deberías estar aquí... ¿o sí? Este frío que yo tengo nunca lo sentí tan intensamente, ¿Por qué todo el mundo me ignora? ¿Quién va en ese coche?, él me miro y asintió con la cabeza, en ese momento una lágrima quemaba mis mejillas, no quería entender lo que quizá iba a ser mí último viaje o mi último sueño.

Le dije que ya quería despertar pero no me hizo caso y me dijo: nadie te ha dicho que esto sea un sueño, ya lo entenderás; seguimos el camino hasta el cementerio, antes de introducir la caja en la tierra, la abrieron y mi curiosidad hizo que yo me asomara para ver quién ocupaba la misma.

No, no podía ser, era una chica y se parecía a mí, pero mi asombro era tal que no quería reconocerme, no quería aceptar que era yo, aún tenía muchos sueños que cumplir, muchos viajes que realizar, mucha vida que vivir… estaba totalmente pálida, parecía feliz en ese abismal sueño porque tenía una leve sonrisa en los labios, quería salir huyendo de aquél lugar pero él me sujeto y me dijo: hasta aquí llega tu cuerpo, aquí termina tu viaje, ahora le toca vivir a tu alma, no te preocupes yo te acompañaré y te enseñaré el camino; llorando le pedí que no dejara que eso pasara, que yo no podía terminar así, ahora si entendía todo, la manera de ignorarme durante toda la noche, el deseo de tomar ese café, el frío que estaba sintiendo…

Me dio la mano y me llevo ante la caja abierta y yo sin apenas resistencia hice que mi alma volviera a mi cuerpo, cerraron la caja y me introdujeron en aquel hoyo húmedo y triste, el terror se fue apoderando de mí, la oscuridad es algo que odio, no poder moverme, estar como atada me hacía perder la conciencia, si es que en ese momento me quedaba alguna. Intentaba en todo momento salir de allí, escapar, que alguien me despertara de aquel horrible sueño, gritaba, pero nadie me escuchaba, todos me seguían ignorando, en algún momento pensé morirme pero… me dije no, ya estoy muerta y no puede ser, por qué nadie me despierta.

De inmediato, aquel frío penetrante que yo sentía se empezó a transformar en un calor horrible, sentía que mi cuerpo se quemaba, como si ardiera, las lágrimas derramadas por mi llanto me quemaban como si fuera cianuro ¡Dios me ha mandado al infierno! pensé yo, parecía que me estaba abrasando, intentaba pensar en otra cosa, me preguntaba a mi misma, ¿No tendré derecho a otra oportunidad? ¿Así será mi final?.

Dentro de todo aquel horrible infierno tenía una sensación extraña de sosiego, de pronto noté como mi corazón volvía a latir, sofocado, agitado… mi cuerpo estaba totalmente empapado en sudor, sentía frío aunque no era tan intenso como antes, me mire las manos y tenían un color moreno, con lágrimas me levanté y busque un espejo, me miré detenidamente y con cuidado palpé todo mi cuerpo, ya no estaba tan rígido.

La calma volvió a mí, todo había sido un sueño, uno de tantos; pero… ¿quién me dice a mí que lo de antes no era un sueño sino qué ahora es cuando estoy soñando? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Si fue un sueño ¡fue tan real! Quizá lo mismo ha sido una segunda oportunidad, quién sabe, los misterios de la vida y la muerte son aún un enigma sin resolver.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Ansiedad

Comencé en un breve instante a experimentar algo insólito dentro de mí: algo apretaba mi pecho; un ahogamiento infernal que no dejaba que el aire fresco llegara a mi interior; el desconsuelo era tal que se hacía insoportable. Me adentré en una negrura escalofriante; la incertidumbre me embargaba. Recorrí unos metros cuando vi una refulgente luz; vertiginosamente me dirigí hacia ella pese a que, al llegar, una gran decepción se apoderó de mí. Todo parecía deshabitado, no descubrí nada ni nadie, tan sólo estaba aquella luz, deslumbradora, cegadora, reluciente… que quizá en ese instante me provocaba más recelo que la tenebrosa oscuridad. Quería evitarla regresando hacia la oscuridad, pero algo no me dejaba. Remotamente percibía el eco de alguna voz; tiritaba; en ese momento pensé: ¿será el frío o quizá el miedo?; pero de pronto todo se consumó, no advertía frío, aunque mi cuerpo estaba entumecido, ni miedo, nada oprimía ya mi cuerpo, dejé de escuchar aquella voz lejana. Me adentré en la luz, pero allí no existía nada.

viernes, 4 de marzo de 2011

Oscuridad

Eché a correr como un huracán sin contemplar que tenía a mis espaldas. Decidí escapar, algo se manifestaba tras de mí, parecía que me atraparía, aunque mis pies aligeraban como jamás había soñado que podía hacerlo. Mi cuerpo no permanecía en la tierra, aparentaba deslizarse como el torrente de agua en el río.  Presuroso me interné en un tenebroso bosque, las ramas tapaban mi camino, no advertí destello alguno, la opacidad saturaba todo lo que mis ojos querían ver. El pavor se adueñaba de mi a cada instante, mi corazón palpitaba tan fuerte que se podía percibir en todo el lúgubre bosque, resbalé al tropezar con una gran roca, mi cuerpo se desplomo, pero retorné valiente, me levante cerré los ojos firmemente y los volví abrir entonces comencé a ver la luz, me apresuré hacia ella esta vez sin recelo. Al llegar a ella su luminiscencia me sorprendió y corrí otra vez retrocediendo hacia la oscuridad pero sin miedo solo para enfrentarla, para triunfar sobre ella.

jueves, 3 de marzo de 2011

Esencia

Y el sol comenzó a asomar, retornó más resplandeciente que nunca; centelleante, como hacía tiempo no lo había contemplado, probablemente jamás había advertido su grandiosa magnificencia, brillaba como siempre lo había soñado. Su luz iluminaba la sonrisa de aquellos niños que se divertían en el parque, escoltaba a la pareja que alegremente mostraba su amor en la orilla del mar inmenso. Su fuego abrasador incineraba mi piel, me ubicaba tan próximo a él que casi lograba palparlo con las manos.

Todo parecía distinto: mi cuerpo se agitaba como en una nube blanca y sedosa, aquella liviana sonrisa aún la retenía grabada en mi retina, e incluso aquella desolada mirada que de ningún modo podría ignorar. Advertía cómo el mundo se iba distanciando, mi cuerpo comenzaba a experimentar calor, de un momento a otro parecía evaporarse, volverse energía. Ya no habitaba mi cuerpo pero permanecía mi esencia.

lunes, 28 de febrero de 2011

Hacia el abismo

Y el frío de aquél acero atravesó mi cuerpo; poco a poco iba rasgándose, gélido, no lamentaba desconsuelo alguno, inmóvil ante la mirada atenta de la muchedumbre. Mi mirada desorientada hacia el abismo sin discernir lo que estaba aconteciendo, las lágrimas transitaban mis facciones; presuroso, mi cuerpo cayó desplomado al adoquinado, las pupilas hendidas sin diferenciar escasamente nada; la mirada extraviada advirtiendo como  mi vida en un conciso instante se estaba evadiendo. Alguien se aproximó a mí y con una ingrávida sonrisa en sus labios y una afligida mirada me concedió un último impulso de confianza. En ese instante un último sollozo se ausentó de mi álgido cuerpo para renunciar sin apreciación alguna a la existencia. Sometiéndome así a un abandono rotundo hacía el fin.