Y el frío de aquél acero atravesó mi cuerpo; poco a poco iba rasgándose, gélido, no lamentaba desconsuelo alguno, inmóvil ante la mirada atenta de la muchedumbre. Mi mirada desorientada hacia el abismo sin discernir lo que estaba aconteciendo, las lágrimas transitaban mis facciones; presuroso, mi cuerpo cayó desplomado al adoquinado, las pupilas hendidas sin diferenciar escasamente nada; la mirada extraviada advirtiendo como mi vida en un conciso instante se estaba evadiendo. Alguien se aproximó a mí y con una ingrávida sonrisa en sus labios y una afligida mirada me concedió un último impulso de confianza. En ese instante un último sollozo se ausentó de mi álgido cuerpo para renunciar sin apreciación alguna a la existencia. Sometiéndome así a un abandono rotundo hacía el fin.
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