Hoy no tenía la valentía para escribir relato alguno, así que, pensando qué urdir en esta jornada, determiné evadirme un poco y fui a dar un paseo. El día amaneció grisáceo, el cielo permanecía encapotado, la bruma ocultaba las cubiertas de las casas; se asemejaba a un día triste, sin embargo, era uno de esos en los que me incitaba a pasear, cosa que me entusiasma.
Cogí un deslucido paraguas y me alejé con paso sosegado a pasear por mi pueblo para descubrir su esplendor en un día así. Lo que descubrí en un primer instante no fue nada especial. La gente irrumpía, apresurada, abandonando las calles para adentrarse al calor de sus hogares y resguardarse de la fría agua que caía. Algunas de las chimeneas desprendían un denso humo que impregnaba con un aroma a sierra las calles. Esa fragancia, que tanto me agrada, hacía venir a mi memoria gran cantidad de recuerdos.
En un plano anterior a la sierra descubrí un gran pantano; sus aguas parecían diáfanas, pero como todos, indudablemente tendría un fondo hediondo; a mí jamás me ha cautivado, si bien, acercaba a mi recuerdo situaciones agradables de cuando todavía era una niña; aun así, siempre me ha asaltado cierta desconfianza el transitar por su ribera, siendo muy pocas las ocasiones en las que me he aventurado a sumergirme en sus aguas.
Ya no diluviaba, sin embargo la neblina se tornaba a cada momento más densa. A pesar de todo, decidí arriesgarme y proseguí mi paseo bajando por la Llaná; apenas recorrí unos metros, contemplé a lo lejos el castillo. Por un momento dudé si continuar no obstante resolví, ya que había llegado hasta allí, aproximarme hasta él porque hacía bastante tiempo que no lo visitaba.
Subiendo por Santa María, los recuerdos de antaño comenzaron a asaltarme; me recliné sobre la mojada barandilla, mi mirada se perdía por la campiña: la misma se ocultaba entre la niebla aunque de vez en cuando se podía advertir el destello de algún coche, entre el mar de olivos, acercándose.
Me giré cuidadosamente para contemplarlo; seguía igual de esplendoroso, sus muros mojados parecían llorar de lamento por las guerras vividas a lo largo de su vasta vida. Por él han pasado las más dispares historias, conquistas y reconquistas, de pontificios, bereberes y cristianos. En nuestra época ha albergado los amores y desamores de muchas generaciones, sus muros han podido contemplar risas y llantos, los regocijos y el padecer de residentes y foráneos, de toda la muchedumbre que ha cruzado junto a estos muros. Actualmente acoge las visitas de todo aquel peregrino que atraído por sus crónicas ansía conocer todo de él. Cuando lo ven majestuoso se quedan perplejos de descubrir algo tan portentoso en una villa, probablemente ignorada por muchos.
Reemprendí mi paseo, me había demorado en exceso, retornando sobre mis pasos más ligeramente, tomé la decisión de subir por la calle Mestanza; al atravesar la plaza observé de soslayo la iglesia sin embargo no era ocasión de detenerme en ella, debido a la hora, aun así aminoré mi paso para contemplar su solemnidad.
El empedrado de la calle estaba totalmente empapado ya que hacía un momento que había dejado de chaparrear. Mientras iba ascendiendo me volvía a llegar el aroma que desprendían las chimeneas, el frío comenzaba a acentuarse, imaginando, mientras pasaba próxima a ellas, el calor que las mismas debían desprender y las comidas que estarían condimentando y que, por su olor, deberían ser serreñas.
Estaba cercana la hora de la comida y quizá por el hambre percibía el olor de la carne asada sobre las ascuas, unas migas o, por qué no, un puchero hecho lentamente al fuego durante toda la mañana.
Cuando llegué a casa estaba agotada, lo que en un principio parecía que iba a ser un día empalagoso se había transformado sin apenas darme cuenta en especial, dentro de mí se sucedieron un cúmulo de emociones. De este modo me surgió el atrevimiento de dejar plasmado lo que había concluido como un día maravilloso.
Querida Eva:
ResponderEliminarComo verás, sigo desde hace tiempo tu blog, me tiene embrujada tus relatos y escritos. Con cada uno de ellos, me transporto a ese mundo o a esa situación que tu has descrito. Para mí, es una manera de viajar sin tener que comprar un billete hacia un mundo lejano o lugar. Eres fiel a tu cultura, a tus raíces, a tus alegrías, a tus miedos y a tus sentimientos. Es la forma que tienes de plasmar tus pensamientos, de una manera muy agradable, con mucha sencillez, pero con mucho gusto. Bueno solo quiero decirte que nunca olvides quien eres, que eres ‘’divina’’ , de donde vienes. Que es un pueblo encantador y que siguas deleitándonos con tus sueños. Un saludo amiga.