miércoles, 5 de enero de 2011

Un viaje lleno de emoción

Era ya tarde cuando me llamaron por teléfono para proponerme realizar un viaje que jamás olvidaré; fue especial, en el momento que me lo propusieron tenía la sensación de que experimentaría muchas y variadas emociones. No me lo pensé dos veces y acepté, y después de aceptar pregunté: ¿Dónde vais?, cuando me dijeron el nombre del pueblo, les pregunté dónde estaba. Yo jamás había escuchado ese nombre, pero al decírmelo ya me gustó: Llanes; pero cuando me dijeron en qué parte de España estaba ya no dudé ni un sólo segundo en ir; estaba en Asturias, ufff con las ganas que yo tenía de conocer Asturias, se me presentó la oportunidad y no podía desaprovecharla, lo que yo no esperaba es que iba a estar tan lejos, pero en fin, me daba igual y no podía ni quería echarme atrás.

Me dispuse a hacer la maleta con toda la ilusión del mundo, pues al fin iba a disfrutar de unas ansiadas mini vacaciones. Conocería un pueblo que seguramente sería precioso; Me distanciaba del mismo casi 9 horas de viaje, pero eso era lo de menos, pensaba disfrutar a tope, ya me imaginaba como sería aquel pueblo, imaginaba como sería pasear por sus calles, conocer algo diferente a lo que siempre había conocido, otras costumbres, otras gentes...


El viaje no se me hizo muy largo, nos tiramos todo el camino charlando y haciendo planes de qué íbamos hacer en cada momento, no sabía nada sobre pueblo, pero durante el viaje comentaron que tenía playa y que además era un pueblo con monumentos para visitar, no lo podía creer, iba a disfrutar de un viaje en el que se juntaban las dos cosas que más me gustan: la playa y a su vez el turismo rural, todo presagiaba un éxito total. Yo estaba totalmente ilusionada, igual que una niña pequeña, cada vez estaba más convencida de que había acertado en ir.

Paramos en Valladolid para comer; teníamos bastante hambre así que pedimos al camarero que nos dijera lo más típico para comer de lo que nos ofreció, en ese momento nos apeteció probar los pichones estofados, el camarero, muy agradable, nos los recomendó por ser famosos allí; qué degustación más deliciosa, después insistió en que probáramos el Hornazo de Salamanca, que risa pasamos, nosotras al escuchar hornazo pues pensamos: éste será el postre, ahora nos comemos la torta con el huevo cocido... vaya postres raros que se ven por aquí, pero por probar le dijimos que sí, que nos lo trajera; menos mal que no pedimos uno para cada una y decidimos compartirlo.¡Cuando nosotros vimos el dichoso Hornazo de Salamanca!... nos quedamos perplejas, eso no era lo que nosotros esperábamos, era inexplicable, ¡ahora, que estaba buenísimo!, yo creo que llevaba de todo, chorizo, huevo, jamón… así que a ver después quien era la que se pedía el postre, terminamos agotadas de tanto comer, pues nos tomamos uno ligero, esta vez lo elegimos por nuestra cuenta, no fuera a ser que el camarero nos recomendara algún postre molotov.

Llamamos al camarero, muy simpático por cierto, pagamos nuestra cuenta y nos dirigimos hasta el coche; estábamos deseando llegar a nuestro destino, ya tan sólo nos quedaba poco más de tres horas.

A lo lejos comencé a divisar el pueblo, parecía muy interesante, yo estaba deseando investigar todo aquello, pasear por sus calles, conocer sus encantos, sus historias, su playa, al llegar nos dirigimos hacía el hotel.


El hotel era una autentica maravilla, ya el nombre decía mucho sobre él, ‘Finca la Mansión’, era totalmente espectacular, era un hotel pequeño rodeado todo de verde, las vistas desde allí eran encantadoras, daban a la sierra y no estaba muy retirado del centro del pueblo, que era quizás lo más importante para mí, tenía un estilo arquitectónico como el de los palacios neoclásicos, para mí fue el alojamiento ideal para pasar unos días totalmente relajada y disfrutar tanto de la playa como del turismo rural, todo iba genial hasta el momento, todo aquel viaje era perfecto.

Dejamos las maletas y quedamos en la cafetería del hotel para planear lo que haríamos al día siguiente, era sorprendente, la verdad es que daba placer tomar un buen café en ella, toda iluminada, con unas vistas que hacían perderte por las montañas... daban ganas de salir a pasear por los jardines y darse un baño en la piscina, todo aquello me estaba pareciendo como sacado de un sueño.

Cuando quisimos darnos cuenta era tarde, así que quedamos para el día siguiente ir a la playa; por supuesto ese no era mi plan, yo primero quería conocer el pueblo, pasear por él . Hasta el nombre me había sido desconocido hasta aquel momento: Llanes. Por fin había cumplido uno de mis grandes sueños: viajar a Asturias. Por supuesto no estaba dispuesta a realizar un viaje de 9 horas para estar todo el día tomando el sol en la playa.

Con las primeras luces del amanecer, me levanté, y salí sola sin avisar a nadie para conocer el pueblo, descubrir su gran riqueza monumental, disfrutar dando un agradable paseo por las solitarias calles, algunas empedradas; de pronto a lo lejos vi un torreón que me recordaba al de mi pueblo, todo eso era fascinante, las callejas estrechas igual que por las que yo estaba acostumbrada a caminar, pero con un olor totalmente diferente, un olor especial, el aroma del mar embriagaba todo el ambiente; de lejos escuchaba ese sonido que tanto me gustaba, el sonido de las olas golpeando las rocas.

Ya la gente comenzaba a salir a la calle, me miraban como lo que era: una turista más, me sentía feliz y rara a la vez; pregunté por la oficina de turismo a unas señoras y gentilmente me indicaron como llegar... increíble, el primer sitio que visitaría sería el torreón que a lo lejos llevaba tiempo divisando, allí estaba la oficina de turismo. Era una torre medieval, de planta circular, de alzado troncocónico y las almenas estaban rematadas; era sorprendente para mí encontrar algo así en un pueblo de la costa y me hacía recordar la ‘almena gorda’; no era exactamente igual pero sí me la recordaba. Creo que añoraba mi pueblo.

En la oficina me dieron toda la información necesaria para visitar el pueblo; eran unas chicas encantadoras, todo me hacía recordar a Baños, las chicas me recordaban a mí cuando yo estaba haciendo el mismo trabajo que ellas hacían (no por lo de encantadoras, sino por la información), me ofrecieron hacer la visita guiada, pero yo prefería ir sola por todas esas calles, descubrir cada rincón por mí misma, sabía que si la hacia guiada me llevarían a los mismo lugares que a todo el mundo, pero yo prefería visitar además lo que con ellas no haría.

Todo el casco antiguo era precioso, me sorprendió la buena conservación de todo, al ser un pueblo costero que vivía del turismo y de la pesca no imaginaba que todo estaría tan bien cuidado. Caminando por todas sus calles perdí la noción del tiempo, no me acordé ni tan siquiera de llamar a mis amigas para avisar que yo había salido; llegué hasta una iglesia, miré el tríptico y el mapa que me habían dado en la oficina y me di cuenta que estaba frente a la iglesia de Santa María del Concejo, reedificada en la segunda mitad del siglo XV. Era impresionante, tenía dos puertas que me dejaron totalmente parada delante de ellas, me quede observando aquella gran portada, mirando cada una de las figuras que había en el friso de la misma, no apartaba la vista de cada una de ellas, vi un rostro humano junto a un ave que desplegaba sus grandes alas como queriendo atrapar a un cuadrúpedo que a mi me pareció más bien un perro. No pude visitarla en su interior, estaba cerrada y no podía esperar, tenía que seguir caminando, tenía muchas cosas que ver, así que decidí volver más tarde.

En mi recorrido por todas esas callejuelas me llamó mucho la atención las casas señoriales y los palacios, era como pasear por cualquier pueblo de Jaén; como estar en Baños, pero con diferente gente, y cómo, no con un aroma diferente al de la sierra... era un olor indescriptible, mezcla entre mar y montaña.

Tuve que caminar un poco más, pero pensé que merecería la pena ir hasta el Monasterio de San Antolín de Bedón, y así fue; al llegar vi un poblado casi en ruina y abandonado que me produjo cierto desasosiego, pero una vez pasada esa inquietud no me arrepentí en ningún momento de estar allí, era una iglesia que se conservaba muy bien, era de inicios del S. XIII y tenía una decoración un tanto simple, se limitaba solamente a unos canecillos, donde aparecían motivos figurados, y en los que se podía observar que algunos eran restaurados.

Cuando me di cuenta era ya más del mediodía, la mañana se me había pasado volada, me dirigí hacia la playa, pero cuando estaba llegando mis ojos no podían creer lo que estaban viendo, estaba llegando al puerto y vi un juego de colores impresionante, la vista me hacia que cambiaran de formas, pensé que sería debido al cansancio, debido a la hora que era ya, pero cuando por fin estaba más cerca me quedé asombrada.

Era un monumento más, rápidamente consulte el tríptico, se llamaba los Cubos de la Memoria, era pintura sobre una especie de cubos en el que se daba mezcla en total armonía rompiendo las aristas y trazando nuevos juegos y formas; al unirse los cubos por medio de los colores, se iban creando volúmenes; según lo miraba, todas esas formas y colores iban cambiando bien por el agua, por mi posición, por la luz que le llegaba... no podía hablar de la emoción que en ese momento sentí; a lo lejos vi a mis amigas... cómo podía haber ido sola al pueblo y estar todo el día caminando estando la playa para disfrutar; me decían... no habían visto siquiera las pinturas que tenían tan cerca.

Ya cuando nos encontramos era la hora de comer, así que fuimos a buscar un restaurante para comer y recuperar fuerzas. El restaurante elegido no pudo ser mejor: ‘Llagar Sidrería El Cabañón’, era una casa antigua con una bodega de sidra, una decoración totalmente rústica a base de objetos relacionados con el mundo de la sidra.

Nos comentaron que la sidra la elaboraban ellos artesanalmente, así que decidimos tomar unas sidras con unas tapas, nos recomendaron los chorizos a la sidra, las setas al cabrales y al jamón.. estaban exquisitas. Decidimos pedir algún plato, casi todas preferimos degustar el Bonito a la Llanisca, y de postre el helado Peña Santa, una de las especialidades locales, y para terminar una buena comida, tomamos un buen café.

Tranquilamente volvimos a la playa para terminar el día tomando el sol. A mí me apetecía quedarme hasta el amanecer, nunca había visto uno, y seguramente allí tenía que ser bonito verlo.

Ya para el día siguiente planificaría lo que sería seguir conociendo la historia de Llanes, estaba pensando en ir a conocer las diferentes cuevas que allí había y que parecían muy interesantes.

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