Pocas son las ocasiones que dispongo de quedarme totalmente sola, y cuando eso sucede, normalmente, me propongo disfrutar ese instante. Me preparo para relajarme leyendo, y saboreando el momento como si quisiera meterme en el libro y perderme en él. Termino de leerlo y cierro los ojos mientras imagino algunas de las historias que éste me ha brindado; me tomo un respiro y, aunque no debería, me fumo un cigarro y, mientras continúo evocando los sucesos del libro, observo como el humo se dispersa en el aire, se va, desaparece esfumándose y, entretanto, prosigo en mi propósito de gozar del silencio de la tarde.
Con la respiración pausada, decido refrescarme con una ducha, así que me dirijo hacia el baño despojándome de mi vestimenta; advierto como el agua recorre mi cuerpo tostado por el sol, moja mi pelo, mi rostro, surca por cada rincón de él. Dejo correr el agua bastante tiempo para que mi cuerpo disfrute de su frescor.
Al salir de la ducha y coger la toalla para cubrirme, vuelve ese dolor punzante que tanto molesta, respiro hondo esperando un instante para que pase; situándome frente al espejo y mientras cepillo mi cabello observo mi cuerpo desnudo y sus pequeñas curvas. Resuelvo vestirme y, mientras una sonrisa aflora de mis labios, pienso en continuar deleitándome de ese momento de placer que el día me ha ofrecido para sentarme tranquilamente y aprovechar esas pequeñas cosas que cada día pasan inadvertidas como una nube, un pájaro, el viento, el sol...
Me quedo ensimismada en mi pensamiento y dejo que el viento acaricie mi piel casi desnuda, noto como el cabello húmedo refresca mi espalda mientras que el aire roza mi rostro. Miro hacia el cielo y a plena luz del día observo la luna y pienso: "mira, está disfrutando del día". El cielo parece una inmensa sala que se abre ante mí para ofrecerme lo mejor de él en ese momento. Grandioso. En ocasiones muestra su alegría con el sol, su llanto con la lluvia, melancolía en los días grises...
Por otro lado, un camino que parece abrirse en él me invita a recorrerlo, e imagino estar allí divisando cada milímetro de la tierra desde la distancia.
Escucho, lejanos, a unos niños jugueteando en el atrio de la ermita, los pasos de alguien que se acerca por la acera, las risas de unos adolescentes mientras cuentan sus anécdotas, los coches comienzan a invadir las calles...
Y yo continúo absorta en mis pensamientos, o en las nubes como suelen decir, y nunca mejor dicho.

Comienza a oscurecer y toda esa calma se rompe en el mismo instante en que uno de esos coches se detiene para llamar mi atención y alguien, tras intercambiar unas palabras que no vienen al caso, me dice: ¡anda que no estás tranquila tú!. Y tras mostrar una sonrisa, le respondo: ¡Ay hijo mío, estoy ya se termina, pero mira, lo necesitaba!.
Y yo continúo absorta en mis pensamientos, o en las nubes como suelen decir, y nunca mejor dicho.
Comienza a oscurecer y toda esa calma se rompe en el mismo instante en que uno de esos coches se detiene para llamar mi atención y alguien, tras intercambiar unas palabras que no vienen al caso, me dice: ¡anda que no estás tranquila tú!. Y tras mostrar una sonrisa, le respondo: ¡Ay hijo mío, estoy ya se termina, pero mira, lo necesitaba!.
Ya ha oscurecido y la luna brilla con más fuerza, el sonido del silencio es sustituido por el alboroto de costumbre. La paz y tranquilidad de la tarde han dado sus últimos coletazos, y la casa se llena con la algarabía de los niños mientras juegan y ocupan lo que momentos antes había sido un río de calma, no obstante, nadie me va a privar la tarde tan apacible que he tenido. Y, como dicen por ahí, un respiro de vez en cuando nunca viene mal.
Querida amiga una vez más me quedo sin palabras... que agusto tener un día así y poder disfrutar de la soledad, aunque yo tendre tanto tiempo... Un beso
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