Tras un agotador día y una relajante ducha se tumbó sobre la cama. Abrió el balcón de par en par y el resplandor de la luna y un dulce aroma a flores invadió el dormitorio. Un suave viento, que parecía acariciar su cuerpo desnudo cada vez que entraba por el ventanal, le ayudaba a paliar el calor de la noche así que decidió aprovechar para leer un rato antes de dormir. Lentamente comenzó a sumergirse en un dulce e intenso sueño en el que las sensaciones hacía que se acalorara mientras una leve sonrisa se dibujaba en su rostro, sin embargo, el mismo fue cambiando y, de repente, despertó sobresaltada y sudorosa; su corazón latía a mil por hora con la percepción de haber caído de golpe sobre la cama desde muy alto. Silenciosa y desconcertada se levantó. Al posar sus pies desnudos sobre el suelo sintió escalofríos, sintió miedo. Se sirvió un vaso de leche caliente que tomaba mientras intentaba recordar que fue lo que había interrumpido su agradable sueño. Su vista se perdía a través de la ventana en el cielo estrellado y tras fumar un cigarro se encaminó hacia su dormitorio pero el corto trayecto que la separaba de él lo realizó acelerada pues tenía la impresión de que alguien la perseguía de manera que quisiera agarrarla. Temblorosa se recostó y cubrió su cuerpo completamente con la sábana, el miedo se apoderó de ella. Si bien le costaba volver a conciliar el sueño, después de removerse una y otra vez, cayó vencida al cansancio adentrándose una vez más en el mismo profundo sueño: caminaba tranquilamente por un lugar que no reconocía. Era un largo paseo y al final del mismo se distinguían dos torres blancas de enormes dimensiones y que, desde la lejanía, parecían ser idénticas, se detuvo un instante para contemplarlas. El paseo permanecía lleno de gente que caminaba, niños que jugaban, terrazas en las que pequeños grupos tomaban unas cervezas mientras charlaban... Observaba como el suave viento que soplaba mecía las hojas de los arboles que bordeaban el paseo. Se podía escuchar el sonido del agua de las fuentes, el griterío de los niños, el murmullo de las conversaciones, las risas... Ella, titubeante, giró hacía una de las estrechas calles que salía a un lado de la gran avenida y caminó durante un largo rato hasta llegar a una pequeña callejuela. La calles estaban desiertas. Se hallaba agotada, no obstante, antes de tomar un descanso decidió continuar un poco más. Al final de la estrecha calle se distinguía un gran arco que parecía dar acceso a unas escaleras para subir a una torre de piedra. Tomó un breve descanso para tomar fuerza antes de continuar pues preveía un largo recorrido. En ese instante un tipo que pasó por allí se detuvo frente a ella y tras mantener una corta conversación, el hombre se acercó un poco más y sin más quiso agarrarla. Su reacción no fue otra que correr asustada hacia la torre pero él la seguía; la agarraba de raspilón y, aunque ella conseguía zafarse de él, la volvía a sujetar e intentaba inmovilizarla una y otra vez hasta que llegó al final de la torre. Asustada se arrinconó en una de las esquinas de la terraza. No había salida. Él, que permanecía sonriente frente a ella, deslizaba una de sus manos hacia su bolsillo para sacar un objeto, la agarró fuerte, apretaba su brazo, le hacía daño, le estaba haciendo daño y ella intentaba sin resultado escapar. Él la agarró del cuello, intentaba ahogarla, le faltaba el aire. En los ojos de ella se advertía el miedo que sentía y en el rostro de él permanecía la enorme sonrisa. Logró soltarse y en un tropiezo cayó al vació. Se veía en el aire y, en ese instante, antes de chocar contra el suelo volvió a despertar como si hubiese caído de golpe desde lo más alto hasta la cama, con su corazón agitado y con unas lágrimas que recorrían sus mejillas. Miró sus manos que permanecían con los puños cerrados. No podía volver a conciliar el sueño. Miró hacia la ventana y vio como el aire agitaba suavemente las cortinas, se levantó, deslizó la cortina para asomarse al exterior que permanecía oscuro y en total silencio, se sentó en el suelo entretanto admiraba el brillo intenso de la luna llena y hacia humear un cigarro; temblorosa aún por ese sueño que por segunda vez la había desvelado.
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