martes, 18 de marzo de 2014

Impregnada por su aroma

El viento soplaba delicadamente y envolvía su cuerpo casi desnudo; lo impregnaba con el dulce aroma del mar. Sentada junto a la orilla dejaba que el agua la acariciara como si sucediese la primera vez, como si fuese la última ocasión que tendría de que ocurriera. Disfrutaba de todo lo que le rodeaba entretanto esperaba aunque no sabía qué. No entendía cómo llegó allí, quizá, fue guiada por el susurro provocado por las olas al chocar contra las rocas. Contemplaba como la luna que esa noche habitaba el cielo estaba llena y se reflejaba intensamente, radiante, en el agua serena como si ésta fuese un espejo allí expuesto para que admirara su belleza. Escuchaba en el silencio de la noche el suave vaivén de las olas. Se hallaba sola en aquél grandioso lugar y, de repente,  el silencio de la noche se hizo ensordecedor. La luna fue cubierta por un pequeño velo. Sintió miedo. Su respiración, al principio sosegada, comenzó a agitarse y miraba a su alrededor mas no encontraba nada, sólo la oscuridad que se apoderó del lugar y, a la vez, de ella ante aquella quietud. Su cuerpo inmovilizado se contrajo. Y allí, sentada, mientras observaba la inmensidad del lugar, se sintió pequeña y débil. Se levantó temblorosa y, lentamente, recorrió el corto trayecto que le separaba de las rocas para acurrucarse en ellas y volver a admirar ese lugar del que, momentos antes, había percibido su llamada y allí, entre ellas, se sentía protegida, sin embargo, aún sentía inquietud ante la enorme oscuridad. Cerró los ojos para escuchar sólo el sonido del mar y aspirar su aroma, inmóvil y en silencio.


2 comentarios:

  1. A veces creermos estar seguros con las cosas que nos rodean y sin embargo son nuestros peores enemigos y quizá de quienes no lo esperamos, es de quien recibimos el mayor apoyo.
    Un saludo amiga.. te seguimos.

    ResponderEliminar