miércoles, 14 de marzo de 2012

Aroma del mar

Se reencontraron en una cálida noche de verano en la terraza de una cervecería, tomaron unas copas mientras conversaban animadamente, entre ellos, se mantenían las mismas miradas de deseo que ambos sentían; igualmente continuaban conservando la intensa pasión que surgió el día que se conocieron. Charlaban de instantes vividos advirtiéndose entre los dos un juego amoroso en el que, en un momento de la conversación, él se acercó tímidamente y le susurro algo al oído; el roce de sus labios en la mejilla y el aliento cálido que penetraba dentro de su oído le hizo estremecerse; ella se levantó levemente de su asiento y dejándose caer sutilmente sobre él tocó su mejilla, entretanto, sus labios rozaron levemente su oreja mientras le musitó algo que a él le hizo agitarse.

Sus miradas reflejaban una atracción que hacía sentir las caricias sin llegar a rozarse, los besos sin ni siquiera unir sus labios… Al cabo de un rato él le propuso dar un pequeño paseo por la playa, quería volver a disfrutar junto a ella de un nuevo amanecer. Sus manos, tímidas, se rozaban durante su caminar por la orilla del agua.

Tan sólo se escuchaba el sonido de las olas golpeando las rocas, el ir y venir de las mismas mojando sus pies desnudos, el aroma que desprendía aquel mar inmenso, la luna reflejada en él… todo aquello les hacía embriagarse de placer. Pararon uno frente al otro y, él le acarició la cara con ternura, acercándose lentamente hacía ella, inclinaron la cabeza y sus labios se fundieron en un beso lleno de pasión mientras la sujetaba fuertemente por la cintura apretando el cuerpo de ella al suyo. Los susurros, las caricias, los besos, la ternura anegaban aquella playa desocupada en aquel momento.

Una panda de amigos comenzó a irrumpir en la misma y decidieron seguir paseando, buscando así un espacio con un poco de intimidad; sentados junto a las rocas dejaron caer sus cuerpos sobre la fina arena, mirando las estrellas y la luna abrazados, con caricias que les hacía estremecerse de complacencia, los besos se acontecían cada vez más penetrantes, sus cuerpos no podían liberarse él uno del otro, no querían que eso sucediese. Sus manos calientes acariciaban cada milímetro de su piel, le estaba haciendo sentir un espasmo que parecía romperse algo dentro de ella. Caminaban por los senderos de sus cuerpos recorriendolos, uno a uno, para descubrir cada rincón del mismo y deteniéndose para disfrutar de ellos.

En ese instante era tan frágil en sus brazos que, hallaba el amparo que sólo él sabía darle en cada momento; a él le hacía experimentar las situaciones que jamás hubiera llegado a imaginar, le hacía aflorar los sentimientos: ternura, delicadeza, pasión… que en muy pocas ocasiones surgían en él y en ella, por otro lado, manifestaba ese punto de locura del que, a veces, carecía pero que, junto a él, siempre hallaba. Esa noche comprobaron que juntos podrían vivir las más dispares emociones que, difícilmente lograrían olvidar y complementaban el uno del otro. 

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