lunes, 7 de julio de 2014

Recuerdos en la noche

Caminaba solitaria por rincones perdidos de estrechas callejuelas y suelos empedrados ya desgastados por el pasar de los años. Callejas en las que sólo una antigua farola que pendía del gran muro de piedra gastada de la vieja casona y otras que se suspendían levemente en las viejas paredes encaladas, sucias y derruidas apenas daban la luz suficiente para distinguir la figura de algún caminante, como ella, despistado. Un perro atado a una vieja y desgastada reja ladraba a su paso y una anciana, al escuchar el alboroto formado por éste, se asomaba tras el visillo de la ventana y con una leve sonrisa forzada la saluda con un gesto de cabeza para a continuación volver adentro y seguir con sus quehaceres. Un aroma a viandas recién hechas en el fuego de la chimenea invadía la noche y el humo, que salía en exceso, impregnaba cada rincón. El cielo estaba negro y en él relucía como pequeñas bombillas cientos de estrellas de las que algunas brillaban tan intensamente que resaltaban sobre las demás. La luna resplandecía bella.




Un golpe seco sobre la madera de una puerta se escuchó de repente y tras dar un respingo hacia atrás, quizá asustada, se volteó y allá, a lo lejos, vio la sombra de una figura a la espera de que alguien le abriera. Continuó caminando hasta la pequeña plazuela donde se sentó en un banco y mientras hacia humear un cigarro su mirada quedó perdida en el insondable cielo entretanto le llegaban recuerdos de instantes vividos con tanta intensidad que, aún después del tiempo, hacia que su piel se erizara. Observó a su alrededor. No había nada ni nadie y tan sólo se podía apreciar una tenue luz en algunas de las ventanas. Y allí, sentada en la tranquilidad de aquella noche, escuchaba el silencio ensimismada en sus recuerdos, admiraba el cielo estrellado y la belleza que la luna llena le brindaba esa noche.  





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