miércoles, 21 de enero de 2015

De entre la niebla


Aunque a mucha gente le parecía macabro era algo que le gustaba hacer. Visitar el cementerio y pasear entre las tumbas. Mirar los nombres y la fecha que en cada una de ellas estaba inscrita. Pensaba que detrás de cada una había una historia. Miles de historias vividas. Tumbas abandonadas y, posiblemente, historias olvidadas por aquellos que algún día estuvieron a su lado o, quizá también, ya no tendrían a nadie que, de vez en cuando, fuese allí a ponerle una flor, sentarse a su lado... Mientras paseaba llegó hasta la tumba que, cada vez que iba, siempre visitaba. Se sentó a los pies de ella y pasaba sus manos acariciándola mientras leía el nombre que tenía grabado: María. Un suspiró escapó desde lo más profundo de ella mientras una lágrima recorría ligera por sus mejillas. Su memoria se llenó de recuerdos. Ella era una niña cuando visitaba a María y aún parecía verla sentada al calor del brasero de picón que removía rápidamente al escuchar el chirriar de la puerta y su voz preguntando si estaba. En seguida, al llegar al salón, María le preparaba una silla para que se sentará a su lado y con su leve sonrisa y su mirada a veces triste le daba un beso en sus heladas mejillas "siéntate aquí anda a ver dónde vas con el frío que hace" le decía señalando para que se sentara a su lado mientras la tapaba con las senagüillas. Le parecía escuchar su voz cuando se dirigía a ella. Por su memoria pasó todos los recuerdos vividos junto a María sus risas, sus conversaciones, le llegaba el aroma de sus comidas, sus regaños... e incluso aún queriendo olvidar sus últimos años de vida, los más duros, éstos, los tenía presente y aún recordaba, a pesar de tantos años, cómo se enteró de su marcha. Continuaba sentada sobre la tumba y cerró los ojos en la claridad de aquél cementerio y le llegó la imagen de María cuando parecía dormir dentro de aquél ataúd, con su leve sonrisa que, sin embargo, reflejaba todo lo que había sufrido en el último año. Parecía dormir plácidamente. Y se veía a ella allí apoyada en el viejo marco de madera de la puerta de la habitación mientras observaba el cuerpo inerte de María esperando, quizá, ver algún resquicio de respiración, esperaba que abriera sus ojos, escucharla... sin poder controlar su llanto y deseando con todas sus fuerzas que aquello no estuviese sucediendo.


Abrió los ojos y de repente observó que una espesa niebla se había levantado. No había nadie, o al menos nadie que respirara porque en mitad de aquel lugar sintió que alguien la observaba. Volvió su rostro hacia la tumba y acarició el mármol helado, dibujo con sus dedos la fecha grabada en la que dio su último aliento: 19 de agosto de 1993. Pensó entonces en los 22 años que llevaba sin ella y en lo mucho que le hubiera gustado verla crecer. Volvió a dibujar con sus dedos temblorosos la silueta de su nombre y lo pronuncio en voz alta: "Ay María, mira parece que salen para disfrutar del día". Y tras dejar escapar otro hondo suspiro se levantó silenciosamente y se marchó introduciéndose en la espesa niebla. 



6 comentarios:

  1. Un texto triste, pero lleno de calidez. Me ha gustado como lo has llevado. Mi enhorabuena.

    Besos.

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  2. al igual que tu personaje y aunque parezca macabro, a mí también me gusta pasear por los cementerios cada vez que los visito, también me gusta leer la fecha y los epitáfios transcrintos en ellas, las acaricio y las hablo... uffff quizá sea de locos.
    Aparte me ha recordado a una amiga en particular que desgraciadamente me dejó también hace unos veinte años y que casualmente se llamaba María.... ohh María, María.. cuanto la hecho de menos.
    excelente amiga! se te echaba de menos.

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    1. Mi personaje es igual de macabro, quizá, que yo. Si es de locos pues, eso, estaremos locas.

      A María, mi personaje, también se le echa de menos. Espero que los recuerdos que te han llegado hayan sido buenos. Gracias. Un beso.

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  3. Bueno... siempre es doloroso recordar antiguos amigos que desapareción, y más en estas circunstancias. Pero la vida y el tiempo me han enseñado a no llorarla y a reir con los mejores recuerdos.
    Pero la sigo echándo de menos... mucho.

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  4. Mientras estén en nuestro recuerdo y en nuestro corazón, siempre, están con nosotros. Besos

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