Al cerrar los ojos siempre me aborda el mismo pensamiento, no consigo despojarlo de mi cabeza; a cada instante regresa a mí la misma imagen: mis dedos en su garganta buscando su pulso, en principio agitado, de repente se torna débil, muy débil, únicamente bastaron dos suspiros, nada más que dos soplos para que en un breve momento dejara de percibirlo; dos suspiros nada más para finalizar todo el padecimiento... para renunciar al cuerpo, ya inmóvil.
No lloré, ni me alteré en ese preciso instante; lo afronté de la manera quizá más inesperada para mí. Rápidamente llamé y les dije: ¡Ya! ¿No respira o soy yo que no encuentro el pulso? Se abalanzó sobre él y ahí fue donde me di cuenta que ahora la muerte no había pasado de soslayo, sino que por el contrario, había llegado para quedarse. Tanto tiempo aguardando ese momento y cuando llega pareciera que no lo esperabas. Unas lágrimas brotaron de mis ojos, ya cansados.
Los minutos que precedieron los recuerdo como si no fuese conmigo, es algo que nunca imaginé que yo pudiera hacer, pero la situación así lo requirió y aunque soy débil para ciertas cosas las saqué de donde jamás pensé que las podría coger.
Nunca podré olvidar esa imagen, jamás la podré borrar de mi memoria; ver marchar a alguien fue muy duro para mí, lo que vino a continuación también; pienso en lo tortuosa que a veces es nuestra existencia y que mañana me puede tocar a mí pero aun así hay que darle la cara a la vida y mirar al frente, nunca hacía atrás a no ser claro está, que sea sólo para coger impulso y aprender de nuestros errores; apreciando lo que tenemos aun cuando lo que atesoramos sea poco para el resto, pero de un gran valor para nosotros. Él siempre dio cara a la vida.
La vida entera del hombre no es otra cosa que un camino hacia la muerte.
Hominis tota vita nihil aliud quam ad mortem iter est.
Lucio Anneo Séneca
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