jueves, 22 de septiembre de 2011

Rozando los limites del deseo

Apartó lo que aseguraba la puerta para evitar que él entrara y enfurecido le recriminó lo que había hecho; no le pidió ninguna explicación más, pero le advirtió que aquello no estaba bien y que no quería que se volviera a repetir; en aquel momento, se adentró en una oscuridad absoluta, el miedo se comenzó a apoderar de ella deambulando por su cabeza las más dispares ideas mientras permanecía en aquella habitación que, cada vez, le parecía más siniestra.

Los días se iban sucediendo lentamente y no había salido aún de aquella habitación que, sin embargo, con el paso de los mismos le estaba comenzando a agradar. De vez en cuando, él irrumpía en la misma y, sin interceder palabra alguna le entregaba una bandeja con alimentos y bebidas; por mucho que ella pretendiera conseguir una mirada su esfuerzo era en vano, él se alejaba rápidamente de allí.

En una de las ocasiones que entró al dormitorio se dirigió a él reclamándole la oportunidad de salir por un momento a alguna estancia de la casa, al menos le dijo, a la biblioteca. Él no le respondió pero a la mañana siguiente con un gesto le expresó el propósito de que lo siguiera, conduciéndola hasta la misma.

Se encontraba envuelta en un velo de misterio entre tantos estantes, entretanto contemplaba como él permanecía en el salón; sentado junto a la chimenea, en silencio, mientras sostenía entre sus manos un libro, parecía absorto en la lectura del mismo; por un instante le sobrevino la intención de huir, no obstante descartó la idea ya que, sabía que sería inútil y lo único que lograría sería volverlo a enojar. Agarró un libro y dirigiéndose hacia el salón se detuvo frente a él, diciéndole: tengo frío ¿puedo sentarme junto a la chimenea?; asintió con la cabeza y lo hizo frente a él. Lo miraba disimuladamente analizando cada gesto, cada movimiento; su respiración era sosegada, la de un hombre totalmente pacífico y amable, le  hizo meditar y no  lograba a admitir que fuese el mismo que aquella noche vio cometer una atrocidad.

Él se dio cuenta que lo observaba y con una sonrisa se dirigió a ella: ¿no te cansas de mirarme? Qué esperas descubrir en mí. Su voz y aquellas palabras la hizo sonrojarse y él continuó con una gran carcajada: pero porqué te sonrojas, estoy  completamente seguro que acumulas para mí miles de preguntas y que, en cuanto tengas la menor oportunidad las realizarás, creo que ya es demasiado tarde por hoy, así que, lo mejor será que nos vayamos a dormir.

Ella miró a su alrededor liberando un fuerte suspiro; mirándolo a los ojos le asomó una tímida sonrisa y le dijo: es cierto ya es tarde creo que me iré a dormir y hoy, supongo, que lo haré mejor; gracias por dejarme salir de las cuatro paredes y te agradezco que por un momento hayas cedido a que esté acompañada y sí, es cierto, tengo miles de preguntas para realizar pero... no, no te creas que son sólo de lo que ocurrió la otra noche, ni porqué me tienes encerrada aquí, sino otras, que cada día que paso encerrada a tú lado me van surgiendo.

Marchó hacía su habitación y se tumbó en la cama; no discernía sus sentimientos ya que, comenzaba a experimentar diferentes y extrañas impresiones que jamás sospechó que en ella sucederían. No comprendía nada de lo que estaba ocurriendo ni porqué aparecían esas sensaciones pero… le estaba sucediendo aun sin entender porqué; cuando estaba junto a él un nudo le sobrecogía en su interior y no, no era miedo era otra cosa pero... qué cosa.


Reflexionando sobre todo lo acontecido se quedó dormida plácidamente y de repente notó como él se acercaba; sentado junto a ella le ofreció un objeto y al extender su mano para alcanzarlo sus dedos se rozaron, su vello se le erizó, sus miradas se cruzaron por un instante y en ese momento sintió como si la envolvieran en el más tierno abrazo, el placer que obtuvo con aquella mirada era inmenso, el deseo se percibió al instante; él acarició ligeramente su rostro y ella le correspondió; el acercamiento entre ellos era cada vez más profundo hasta que, las caricias comenzaron a llenar aquella habitación y se fusionaron en un dulce beso; apreciaba como sus manos la acariciaba con ternura y delicadeza, algo que en ese momento le hacía falta experimentar, el deseo entre ambos era mutuo y estaban llegando al limite del mismo, aquella habitación por un momento dejo de ser siniestra.

Repentinamente golpearon la puerta, se sobrecogió y al incorporarse se dio cuenta que estaba sola. Una vez más comenzó a elaborar infinitas preguntas de las que seguramente tardaría bastante en hallar la respuesta de varias de ellas. ¿Había sido todo un sueño o por el contrario él había pasado la noche con ella?; ¿Se estaba enamorando del qué era su secuestrador y por eso lo situaba en sus sueños?; ¿era él realmente quien la tenía retenida allí o había alguien más a quien encubría?. No, él no podía ser aquel ser aterrador que empuñaba un cuchillo. Contempló ensimismada todo lo que se hallaba a su alrededor y no salía de su asombro.


Durante ese tiempo alguien continuaba golpeando la puerta requiriendo entrar a la habitación. 

4 comentarios:

  1. Muy interesante historia.... espero pronto su continuidad. Evidentes signos del sindrome de Estocolmo con la diferencia de que todo es un sueño.... aguardo el desenlace.
    un saludo

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  2. La prolongación de la historia ya está en marcha, pero como sabes, la misma se va realizando en el momento y ni tan siquiera yo sé cuál puede ser el final de la misma. Un sueño?... bueno aguardaremos el desenlace.Un saludo.

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  3. hija por dios me tienes en un sin vivir......que intriga.Esta muy bien ,pero ...para cuando el desenlace?

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  4. Había alguien que decía: “Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad que olvidamos lo único importante: vivir”. Los momentos se viven sin prisas pero sin pausa. ¿El desenlace? pues lo dicho, sin prisa pero sin pausa. Un saludo.

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